PARA UNA POÉTICA

Autor: Juan R. Mena

El autor de esta Poética recuerda que en 1974 la colección de poesía Ángaro editó una Antología poética del Grupo Ángaro en la que fue incluido y para la que escribió una Poética. También en 1978 apareció otra Poética en la Antología consultada de la nueva poesía andaluza (1963-1978), publicada en la colección Aldebarán por  Manuel Urbano. 

Advierte, por tanto, que ambas Poéticas quedan en estado larvario de la que aparece a continuación.

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    Entrar en definir la poesía no es tarea fácil ni recomendable. Es algo así como encontrar la famosa aguja en el pajar. Siglos llevamos tratando de acercarnos a la esencia de la poesía, desde el griego del siglo VI antes de Cristo Simónides de Ceos hasta las últimas sugerencias de algunos poetas que no permiten que su intención sobrepase los límites de la teoría para no pecar de atrevidos.

En efecto, en Horacio podemos leer “ut pictura poesis”. Con la misma idea se anticipó Simónides: “la pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Esa misma idea va a reproducir luego Plutarco y más adelante, Leonardo da Vinci en frase aproximada. Ahora bien, esto es reducir la función poética a una dimensión solamente: la del papel sensorial de la palabra.

    Ésta fue la propuesta del ruso Potebnia en el siglo XIX. El ultraísmo magnificó la metáfora como caballo de batalla del poema. Las vanguardias se afanaron por destacar esa misma figura como indispensable recurso. Ya, en nuestros tiempos, acordémonos de aquel título de Luis Rosales Pintura escrita. Evidentemente, la poesía no puede ser solo pintura sino concepto también. Para ello tenemos que llegar a Dámaso Alonso, que establece una equilibrio entre significado y significante.

    Pero ahondemos en la definición y aventurémonos con una teoría para tranquilizar la inquietud de los buscadores infatigables.

    Ante el intento de convertir los conceptos en imágenes o no, la poesía es una avanzada del lenguaje literario y a ella le está reservada la famosa función poética –recuérdese a Roman Jakobson-, que consiste en la deconstrucción del lenguaje de la poesía tradicional con sus lastres inveterados, carriles lingüístico-mentales fáciles para encauzar por ellos las frases hechas que constan en el acervo léxico del poeta nada autoexigente.

    Pues bien, aparte del auxilio estético que representan la metáfora, el símil y la sinestesia, el estilista ruso Vixtor Shklovski, en su opúsculo El arte como artificio, nos dejó un aviso que no se ha de olvidar.

 

    Decía que el extrañamiento nos permite percibir de forma desautomatizada y remozada lo que está automatizado y redicho ya por el hábito inconsciente de los que escriben y no sienten el lenguaje como creación propia, sino como un instrumento de pensar y pegar en el papel. Sólo el poeta creador siente el lenguaje como nacido de su anhelo y lo selecciona aunando en un conjunto de palabras aquellas que le revelan una singularidad que le presenta el verso como nuevo y levigado de la ganga repetitiva de los demás poetas. Esa desautomatización es un reto para que el vate afortunado se haga artífice de secuencias sintáctico-semánticas que logren un lenguaje sorprendente, como dijo el músico Vivaldi: “Reformar y sorprender”. Oigamos, lo que dice Goethe: “Todas las cosas ya han sido dichas. Lo que conviene, para el poeta, es repetirlas de otro modo”. Ahora pongamos oído a Oscar Wide: “El placer superior en literatura  es  realizar lo que no existe”. Por fin, no olvidemos a nuestro Picasso: “Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera”. Para otro artículo dejaremos aquello de Antonio Machado de “la palabra en el tiempo”, verso que no deja de ser un poco discutible.        

                                                              

                                              I I

 

     Cuántos poetas conscientes de su quehacer literario se han planteado lo que podría significar estos versos de Antonio Machado:

        Ni mármol duro y eterno,

        ni música ni pintura,

        sino palabra en el tiempo.

 

     Hemos de suponer que la palabra en el tiempo es la palabra que se dice “a tiempo” y no fuera de su época, porque lo inevitable, aunque no lo acepten los  poetas anquilosados, es que los modernistas no escribían como los poetas realistas, ni los de la llamada generación del 27 lo hicieron como Rubén Darío y sus seguidores. 

 

    La explicación está clara: una generación nace de otra por oposición y porque ha habido poetas que han madurado un determinado registro generacional y lo han presentado como un nuevo estilo de expresar sus ideas. El Renacimiento fue un logro estilístico que evolucionó hacia el Barroco, ya lo sabemos, lo mismo podríamos decir del Modernismo con respecto al Romanticismo (sin olvidar la influencia del simbolismo francés).

    Sabemos, por otra parte, que los vanguardistas, por propia espontaneidad, tuvieron muy en cuenta los dos primeros versos de los tres citados, pero no coinciden con los otros versos que siguen de Machado:   

 

 

            Canto y cuento es la poesía.

            Se canta una viva historia,

            contando su melodía.

 

    Evidentemente, los vanguardistas rehuían la historia, el contenido, lo que llamaría Dámaso Alonso el significado. Entonces, ¿dónde buscaríamos esa palabra en el tiempo que auguraba o propugnaba el poeta sevillano?

    Uno de los inconvenientes con los que tropieza todo poeta es el adjetivo. Acordémonos de lo que dijo el poeta chileno Vicente Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Esa preocupación ya había hecho decir a Juan Ramón Jiménez: “No la toques ya más que así es la rosa”.

   Por eso mismo, la palabra en el tiempo no tiene sólo una exigencia histórica como hace Machado en Campos de Castilla (1912), donde el verso se hace responsable de la temporalidad en la que vive el poeta, lo mismo que hizo con sus Soledades (1907), mesurada estilización del modernismo fuera de los faustos verbales de otros poetas, como Villaespesa y Rueda, que aún eran fieles a las fórmulas escolásticas del movimiento que Manuel Machado daba por finiquitado en 1910. 

 

    Entiendo yo que la palabra en el tiempo es que el poeta no vuelve la espalda a lo que le pide su época y cumple con ella. ¿No hicieron esto los poetas de la segunda generación de postguerra? Los más representativos de esta hornada, los poetas del realismo crítico, fueron sensibilidades atentas al fluir de los acontecimientos históricos y no retrocedieron al pasado sino que procuraron que la poesía fuese, si no un acta notarial, sí un espejo a lo largo de un tiempo que pedía a voces la palabra justa y necesaria como sonido de la libertad. Con ello se cumpliría: «La poesía es —decía Mairena— el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo…”.

 

    Aparte de los poemas torrenciales en verso libre o no como cataratas líricas salpicadas de imágenes visionarias, como las llama Carlos Bousoño, de poemas más o menos culturalistas o de fingidas evocaciones, la palabra en el tiempo, creo yo, que no es rigurosamente lo que escribiera Machado en esa época que él padeció y cantó, trasladándolo a nuestra época en que se editan  tantos poemarios sin estructura rítmica como una bacanal del verso libre, sino que, entre tanto aluvión poético, hay que distinguir “entre las voces, una”; o sea, la autenticidad, que hoy es presentar el verso como si fuera su lectura nueva a los ojos del lector; como diría Vixtor Shklovski —repito—: "Crear la visión, no el reconocimniento", y que coincide con Aristóteles cuando escribe:“Dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”; en suma: un rejuvenecimiento del lenguaje poético frente al registro manido y oxidado. Muchos poetas actuales se quieren librar de la forma, pero no saben librarse del lenguaje literario heredado, a cuyo registro no aportan rasgo alguno de creatividad. También escribió Machado: “Verso libre, verso libre…/ Líbrate, mejor, del verso/ cuando te esclavice”. 

    La esclavitud lo mismo la da el verso clásico a ultranza falto de frescura lírica como el renglón anárquico con prensiones geniales.

 

    Es un reto a la originalidad, Tal vez eso sea hoy la palabra en el tiempo.

                                       

                                             I I I

  

    Pero insistamos en el tema porque es de rigurosa actualidad.

    Es un error creer que porque se escribe en verso libre, se está escribiendo poesía moderna y, con ello, el poeta en cuestión se distancia de una poesía desgastada. No deja de ser una actitud ingenua, pero que satisface a los lectores que se piensan inquilinos de una modernidad iconoclasta todavía, como en los tiempos tormentosos de las vanguardias, en especial en la vorágine destructora del dadaísmo. Si a ese verso libre sin ritmo (sin embargo, aceptemos de buen grado la tesis del ritmo interno) le añadimos un anhelo de crear y su resultado semántico es ininteligible, como un quiero y no puedo estilístico, entonces tenemos la “poesía que se lleva”, en la creencia de quien la escribe y de quienes lo certifican como tal, que se adelanta como si propugnase una gesta innovadora.

    Hay que afirmar acerca del verso libre lo siguiente. Pongamos el ejemplo del trapecista. Le es fácil a éste trabajar con la red abajo para más seguridad. Lo difícil y arriesgado es trabajar sin red. Pues bien, el verso métrico con su marchamo de tradición, es la red con la que se escriben cuartetos, serventesios, sonetos o romances que salvan la reputación del poeta y avalan su maestría, si evita caer en expresiones trasnochadas. 

   Quien escribe en verso libre tiene el riesgo que estoy exponiendo aquí; o sea, que el texto escrito acabe siendo un disparatario ininteligible o con ínfulas de “poesía escrita para pocos”, dicho irónicamente con expresión de Góngora. Cuando un poema en verso libre sale admirable, entonces tenemos un poema que no se apoya en el cómputo de sílabas ni en la rima; es decir, que vale por sí mismo: es el trapecista que ha llevado a cabo una actuación aplaudida con entusiasmo, debido, además, a que ha trabajado sin red: sin la métrica, que da siempre respetabilidad.

  No sé si ésta sería la prevención de Antonio Machado ante el verso libre, que señalábamos en el otro artículo. Posiblemente mi argumentación esté cerca de lo que pensaba el poeta de Campos de Castilla, pero mi lema ante el prejuicio de la tradición formal es la del músico veneciano antes citado. Quien lo consiga, ha renovado la poesía (no se la han inventado, como piensan muchos versolibristas, tal vez con buena voluntad).

 Teniendo en cuenta esa ”visión” —poesía creativa— y no “reconocimiento”—poesía lastrada—, como quería Shklovski, me acuerdo de dos poemas que pueden figurar como modelos, uno de verso libre (“Se querían”, de Vicente Aleixandre), y “Eterna sombra” de Miguel Hernández, como poesía métrica que cumple con el lema de “sorprender y reformar”. Con ello insisto en crear, no repetir sintagmas que ya están lexicalizados en el baúl del sistema de la Lengua. “lo demás—como escribió Verlaine—es literatura”.   

Pero que cada cual escriba lo que pueda sin olvidar un mínimo de dignidad literaria tanto en el verso libre como en el verso encorsetado en la métrica. 

 

Ahora bien, en la mente del lector siempre estarà la poesía asociada al ritmo y a la emoción de un lenguaje creativo.

 

 

María Ángeles Martínez, ODN

Aquí, a mi lado, Eduardo Martínez Rico, licenciado en Filología Hispánica, doctor en Filología. Ambos títulos por la Universidad Complutense de Madrid. Escritor, y ya con muchos libros publicados, cuyos nombres encontrarán en la solapa de la novela que vamos a presentar.

Nos une el parentesco, es hijo de mi hermano Nicolás, ya en la nueva vida en Dios, y es nieto de mi queridísimo padre, Don Carlos Martínez. Además de este parentesco, nos hermanan gustos, curiosidades, EL AMOR A ESTE PUEBLO ENTRAÑABLE, "porque este pueblo tiene alma, tiene paisaje, tiene historia, tiene tradiciones…", pero sobre todo el amor a la lectura y a la escritura. Dialogamos muy a gusto, él un joven de esta época, yo una monja ya madura y andariega. Misionera en América Latina por 45 años llenos de fascinación, de entrega, pero sobre todo llena de agradecimiento por lo mucho que fui querida y por tantas posibilidades de ser yo misma, mujer de evangelio y escritora, mejor “escribidora”.

¿Qué deseo destacar de su última novela publicada?

1. UNA NOVELA GALLEGA. En primer lugar es una novela gallega, y mejor dicho, eumesa, una novela con un entorno especial de la ría de Ares, la entrada a Ferrol con el castillo San Carlos como se reconoce en la novela. Pontedeume con toda su riqueza histórica y paisajista. En todas sus páginas los eumeses, al leerla, yo la primera, me siento en casa, se me encoge el corazón al decir: esta es mi tierra, mi gente, el entorno que me vio nacer; sus calles, sus puentes de hierro y de piedra, la playa, la fiesta del Carmen en el muelle (cf. Confesión, p.166), la Casa del pescador, la cucaña, los botes en donde hay gozo juvenil y amoroso.

2. UNA NOVELA DE AMOR. Efectivamente, descubro también que es una novela de Amor, de amores juveniles sanos, explosivos. De una juventud con nombres propios que se nos pegan pronto: Santiago y Fernando; Laura y Marta. Las novelas de amor siempre conllevan la exaltación del eros, la explosión del sexo, del género, pero también las contradicciones de los celos, de la violencia temperamental, de las ideologías y las clases sociales. Son los conflictos que aparecen en la novela y que ya el título nos los resitúa: Confesión. Algo ocurre y estalla al inicio de la trama.

3. EL VALOR DE LA AMISTAD. Y en ese sentido quiero destacar que dentro de esos amores juveniles, se destaca algo precioso que marcará a los protagonistas: Santiago y Fernando: el valor de la amistad. Un valor que destaca desde el principio hasta el fin. Un amor realista, lleno de complicidades; una amistad que podría acuñarse con lo que dice el libro del Eclesiástico en la Biblia: “El amigo fiel es apoyo seguro, quien lo encuentra, encontró un tesoro.” (Eclo 6, 14). Jesús mismo en San Juan, va a llamar a los suyos amigos: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 12-15). Y… ”Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1 ).
(Cf. Confesión, p.41)

4. UNA NOVELA PROCESUAL. Unido a ello es una novela procesual. Hasta puede aparecer como repetitiva o reiterativa algunas veces. Es que hay escucha. Diálogo, sí, pero especialmente Santiago Leira, es un experto “en el arte de escuchar que diría en sus Ensayos Miguel de Montaigne. Él es para mí el héroe de la novela. Por su amigo en conflicto, condenado en prisión, dedica de forma perseverante toda su persona, su tiempo, a escucharlo y a acompañarlo. (Cf. Confesión, p. 402-403) Es un relato intenso que al final se descubre y hay que saborear con una segunda lectura… “Porque la palabra puede transformar la realidad, pero sólo el silencio nos transforma a nosotros mismos” (Pablo D´Ors).

5. NOVELA TRASCENDENTE. Para terminar, desde mi visión religiosa, descubro trascendencia. Pero ¿en qué sentido? ¿Cómo explicarlo?…
Quiero felicitar a Eduardo porque al ser joven ha tratado muy bien eso de hacer proceso de lo que él titula Confesión. Porque la confesión desde nuestras categorías de catequesis elemental, es puntual: un tiempo pequeño, delante de un sacerdote o en un confesonario. Se pide perdón con propósito de la enmienda y se espera la absolución final. En la novela se da a través de la escucha y del acompañamiento del amigo padre Leira, un proceso de discernimiento de la vida entera que se descubre al final del libro y que yo no lo voy a mentar ni descubrir (p. 147). 

6. UNA NOVELA DE HUMANISMO CRISTIANO. El arte de amar de E. Fromm, el arte de conversar, Miguel de Montaigne; el arte de comprender el corazón con sus contradicciones de maldad y bondad. Es la toma de conciencia de la vulnerabilidad, la finitud, de la fragilidad humana. Se destaca lo positivo, como una pedagogía, inserta en la novela, que ayuda a pensar, a comprender, a perdonar (cf. Confesión, p. 258). Porque “las personas son capaces de una bondad honda que es más que el mal intenso… en situaciones de agradecimiento, de amistad, la vida se intensifica… El mal es muy profundo, la bondad es todavía más.” (Josep María Esquirol, filósofo, Cultura, p. 22, El País, 23 de abril. En este mundo, en estas afueras del mundo, se sostiene gracias a la generosidad de la gente.

  7. En medio de toda la narración, en mi lectura personal, a mí, como mujer, me apareció esta pregunta: “¿A las mujeres que aman y sufren, qué les afecta y condiciona la vida a través de todo el relato de Confesión?” (cf. Confesión, p.258).


 ………………………

Hay un trasversal en la novela: es el valor de la perseverancia en la amistad, el saber permanecer hasta el final con el amigo. Santiago, el Padre Leira, es el verdadero protagonista de esta novela. 

DE CÓMO EL PRESENTADOR SE NIEGA A PRESENTAR EL LIBRO UN EDIFICIO SOBRE EL MAR Y LOS MOTIVOS QUE ESGRIME

Dolors Alberola
Poeta

Presentar un libro es creer en su autor, en la palabra que viene envuelta entre sus páginas, en los sueños, en este caso, de un hombre que conjuga, que igualmente conjura, verso a verso, la única palabra, amar. A veces este amar se escribe con vocales, con consonantes, lluvia cayendo sobre aquellas a modo de sonoros acentos, comas que, tal la hierba, separan varias frases y les abren paisajes en los que la sonrisa de la amada revuela como un cóndor.

Presentar un libro no es siempre leer fragmentos de sus versos, hablar de la sintaxis, del estilo, de los diferentes recursos que encierra, se puede hablar exactamente de cómo el poeta sonríe ante la musa y estaremos pintando su palabra, de cómo el poeta vive el tacto irrevocable de cada sensación y diremos la música. De cómo el propio poeta se desnace y convertido en signo habla para nosotros y estaremos leyendo más abajo quizás de algunas citas, pero yendo hacia arriba, hacia la luz más alta, hacia el alma del libro o del papel, porque el papel es siempre el continente del alma del autor y por ello es de alma,

Presentar un libro es que ahora yo me siente, por ejemplo, aquí y coja entre mis manos este Edificio sobre el mar y se licúen sus páginas y el agua os llegue a todos y os purifique el labio, la sed y hasta la orilla del delirio más alto. Y, tal vez, no os diga nada sobre lo que contiene, pero abra la caja de Pandora y, en vez de tantos males como vienen cayendo desde el mundo, se nos revierta un aire totalmente cómplice que nos empuje al aire. O quizás ni la abra, sencillamente diga, esto es el revés del espejo del mal –y os lo enseñe- entrar en él es desnudar del miedo cada cosa y dejarla desnuda como ofrenda perenne, dejarla ante los ojos como una lupa enorme que ciegue lo terrible y nos abra las manos.

Un edificio sobre el mar

Presentar un libro puede ser no hablar nunca de él, crear un clima de miedo o de sospecha hacia todo lo oculto que, al rozar el título, se convierte en deseo. Un deseo terrible de tenerlo, una sospecha cierta de que dirá exactamente lo que, sin esperar, quisiéramos leer, una tendencia inalienable a penetrar sus páginas y poseerlo entero.

Presentar un libro es lo mismo que acercarse en la noche a un lugar tan secreto que en su oscuridad se iluminen mil mundos y todos sean uno, el texto que el autor nos deja entre las manos, a modo de caricias o de droga o de pequeña muerte, y, una vez allí, no quede más razón que compartirlo, llenar la sala ahora de sílabas y sílabas que no formen los versos que contiene, pero que, a cambio, amarren, como cuerdas muy libres, vuestras manos a un mundo de poesía.

Pero no todo acaba aquí. No todo va a ser solamente la no presentación de un magnífico poemario que realmente no precisa de nada sino que basta con ser leído y degustado. También esta noche vamos a disfrutar de la enorme pericia de este poeta a la hora de la metáfora, de la musicalidad, de la comunicación, por medio de un puñadito de poemas inéditos que nos dejarán con ganas de más y, cómo no, de la maravillosa música de nuestros entrañables amigos, El domador de medusas, que, con sus acordes no solo dominarían a las propias sino también a todas las sirenas y monstruos literarios que habitan en el fondo de las aguas, el fondo inaccesible de la luz, el fondo de la matemática; pues tanto la música como la poesía no son sino variantes idílicas del número, imitación preclara de ese vocabulario de los ángeles, huellas tangibles de lo que llamamos Dios sobre la tierra.

LA LEYENDA DE MÁGICO GONZÁLEZ

Luis García Gil

 

Presentar un libro es creer en su autor, en la palabra que viene envuelta entre sus páginas, en los sueños, en este caso, de un hombre que conjuga, que igualmente conjura, verso a verso, la única palabra, amar. A veces este amar se escribe con vocales, con consonantes, lluvia cayendo sobre aquellas a modo de sonoros acentos, comas que, tal la hierba, separan varias frases y les abren paisajes en los que la sonrisa de la amada revuela como un cóndor.

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Enrique Alcina ha escrito el libro que se merecía Mágico González, leyenda balompédica de la ciudad de los tres mil años de historia, especie de bardo, de Roque Dalton meciéndose en la hierba del recuerdo. No resulta fácil explicar al mito, al futbolista impredecible que se adueñaba del balón, al indolente genio de la lámpara que lo mismo firmaba una tarde de gloria que sesteaba en una esquina del vetusto Carranza para desesperación de los aficionados. Yo también estuve allí y la realidad y la fantasía se entremezclan de manera inevitable.

Sobre Mágico hay también mucha novelería, gente que lo ensalza sin haberlo visto jugar, con tendencia a la hipérbole y a la desmesura. No era Maradona ni siquiera Zico pero tuvo condiciones para haber sido Zico y Maradona juntos. Algo de eso dice Hugo Vaca en el libro de Alcina. El tiempo de Mágico no era precisamente el tiempo de un Carranza atestado de público, de masa social entregada. Y eso que el Cádiz solía jugar en Primera División y también en Segunda. Era otro Cádiz que hoy evocamos con nostalgia, un Cádiz cimentado en gente de la casa en el que convivían como dupla mayúscula de saber futbolístico Pepe Mejías y Mágico González.

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Con su poderosa escritura Enrique Alcina le canta a Mágico como si se tratara de una leyenda del rock o una leyenda del flamenco como Camarón de la Isla, su calcomanía en las tascas, ventas y tabernas de la noche infinita. El libro entra ya de lleno entre los clásicos de la literatura balompédica, que por cierto atraviesa un momento dulce con publicaciones dignas de interés, demostración de que el fútbol es más cultura que opio del pueblo.

Con Alcina hemos revivido aquella tarde inolvidable frente al Racing de Santander o aquel gol liguero frente al Barça que hubiera firmado el mismísimo Leo Messi. Hemos sentido la odisea de un futbolista único, capaz de lo mejor y también de lo peor. Porque Mágico González encarna también lo que pudo ser y no fue, el cantar de gesta ininterrumpido, la copla llovida del cielo como aquella que Zitarrosa le entregó a Garrincha, ángel de piernas torcidas.

La leyenda Mágico González es mi infancia de cromos y partidos en la calle. La prosa magnética de Enrique Alcina ha obrado el milagro de imprimir en páginas de oro la leyenda del astro salvadoreño, la verdad de sus mentiras, el rastro de sus hazañas y de sus fintas imposibles. Léanlo. No se arrepentirán.

DEL HOMO SAPIENS AL HOMO CIBORG: EL MISTERIO VENCE

Mariano Rivera Cross
Poeta, novelista y dramaturgo

(EPÍLOGO del libro EL MISTERIO de José L. Abellán)

Si precisamente nuestro ilustre autor, José Luis Abellán, desde un punto de vista literario traza en su libro, estructuralmente hablando, una línea circular en la que se une el Hombre Primitivo y el Hombre actual Postcontemporáneo a través del MISTERIO, y el DESTINO, FATUM o cualquier otra denominación lingüística para definir la INCÓGNITA DE LO POR VENIR es la gran esencia del devenir existencial, por cuanto todos los seres, sin determinación del tiempo ni del espacio, nos hemos preguntado y nos seguimos preguntando (y tal vez nos preguntemos hasta la ¿eternidad?), por qué existimos, para qué existimos y si existe la muerte total o si el alma etérea sigue existiendo, ya escapada de nuestros cuerpos, o si desde puntos de vista de fe religiosa, resucitaremos en un futuro indeterminado en cuerpo, sin duda ha de existir el Destino enmascarado en Misterio cuando hará unos ocho años conocí personalmente a José Luis Abellán en El Escorial, localidad que la convertí en mi segunda residencia cuando me prejubilé como catedrático de Literatura de Bachillerato, y hace seis años, estrechadas nuestras amistades por identidades intuitivas, accedió a escribirme el prólogo de mi libro de poemas titulado El Software de la Inmortalidad (cuando él mismo en dicho prólogo asegura no haber hecho nunca prólogo a libros de poesía), argumentando en el mismo prólogo que accede a escribirlo porque considera que El Software de la Inmortalidad, más que un libro de poesía, se trata de un manifiesto,... manifestación suprema de modernidad, enmarcándola en lo que la modernidad puede tener en nuestros días de “contemporaneidad o “postcontemporaneidad”.

Y digo que existe el Destino, y, por lo tanto estamos inmerso en el Misterio, porque exactamente el viernes 17 de abril de 2015 le llamo al móvil para saber de sus achaques, nos citamos para el sábado 18 en el Salón de Actos de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, curiosamente en una presentación de un libro sobre Santa Teresa, con canto incluido de uno de sus poemas, y digo curiosamente por lo que tiene de experiencia numinosa los estados místicos de la poesía en la Santa -a la que alude José Luis Abellán en este libro-, y la concomitancia con mi libro de poemas El Software de la Inmortalidad. Y, tras el acto, ante una clara de cerveza y una copa de vino, me habla de su libro El Misterio, me plantea escribirle un Epílogo al que yo entusiasmado accedo por lo que representa José Luis Abellán como amigo y como uno de los mayores pensadores españoles de las últimas décadas del siglo pasado y de lo que llevamos de este nuestro siglo XXI, y a mi vez le propongo la edición en la nueva Editorial Dalya que tan generosamente está creyendo en mi obra literaria y apostando por todos los autores de solvencia reconocida, como es el caso del autor de El Misterio, y José Luis Abellán, con su sencillez y generosidad natural, accede con el regocijo de quien escribe este Epílogo.

Y es que en ambos libros, El Misterio y El Software de la Inmortalidad, cuestionamos el matrimonio de la Filosofía con las Ciencias desde las últimas décadas del siglo XX hasta nuestros días, en lo que se ha venido a llamar en la Historia de la Filosofía el Transhumanismo, por lo que tiene de jubiloso optimismo hasta el punto de argumentar en sus libros muchos de los filósofos de dicho Movimiento filosófico-cultural que en este mismo siglo XXI conoceremos el misterio de la creación del Universo e incluso del Multiverso, y, si es nuestro deseo, incluso llegaremos a conseguir la inmortalidad.

Casi todos los poemas del El Software de la Inmortalidad llevan citas, bien de filósofos y científicos Transhumanistas, bien de pensadores y científicos que cuestionan y dudan de sus argumentos y afirmaciones temerarias, y, tal como hace José Luis Abellán en El Misterio, aludo a científicos caso de Brian Greene, por su libro El Universo elegante (1999), como cita al poema titulado La Teoría de las cuerdas, tema con que cierra su libro Abellán al hablarnos del intuido hallazgo del Multiverso, «por el cual las interpretaciones sobre el lado oscuro del universo no nos permite de momento ir más lejos», y, por lo tanto el Misterio sigue siendo el mismo para el hombre de las cavernas que se preguntaba por qué el dios sol sale y se esconde todos los días, que para el hombre actual que se pregunta por qué un día cruje la tierra bajo nuestros pies y representa sus dudas o su fe en una escultura de Cristo o en un cuadro expresionista. O bien el poema de El Software de la Inmortalidad, Life for sale cuya cita de Matt Ridley, Qué nos hace humanos (2003) nos cuestiona: «La especie humana no está concienciada para ser inmortal». O la alusión de Abellán en su prólogo al famoso filósofo alemán, Peter Sloterdijk (insólito pero cierto, capaz de vender millones de ejemplares de su libro Normas para el Parque Humano, 1999), en cuanto al hecho de definir el puesto del Hombre en el Cosmos, su defensa de la manipulación genética de los humanos y la aseveración de que la Ciencia ha sustituido a la Filosofía, en clara correspondencia con las citas de tres de mis poemas, cuyos títulos aluden a los adelantos de la Biología Genética, Dolly se presenta en sociedad, Wolfciber y los cincos cerditos clónicos y La ratona Cumulina, todos ellos con citas de Peter Sloterdijk, tomadas de sus libros Experimentos con uno mismo (2003), Crítica de la razón cínica (1983) y Extrañamiento del mundo (2001).

Y, para acabar, porque un Epílogo es conclusión de conclusiones, la correspondencia del libro que nos ocupa, El Misterio, con El Software de la Inmortalidad, al hacer referencia de manera directa o figurando como contenido de las Notas a final de los capítulos, a otros muchos filósofos-científicos del Transhumanismo, caso de Joseph Weizenbaum, La frontera entre el ordenador y la mente (1977), El poder de la computadora y la Razón Humana (1976), o el optimismo de Ray Kurzweil en La era de las máquinas espirituales (1990), o la anulación del tiempo físico por Peter Lynds, al que alude Abellán en los capítulos VIII y IX de la II Parte, La ciencia como nuevo paradigma y El Modelo Estándar: descubrimiento del bosón de Higgs, y es cita del poema del libro El Software de la Inmortalidad: «La flecha del tiempo no existe». Peter Lynds afirma en su famoso artículo publicado en Foundations of Physics Letters que los cuerpos no pueden tener una posición relativa determinada, ya que, si la tuvieran, no podrían estar en movimiento permanente. Según él, la flecha del tiempo no existe: son los procesos cerebrales asociados a la conciencia los que fijan para nuestra percepción los cuerpos en el espacio y en el tiempo. Mas por qué molestar, hincarle tantos alfileres al Misterio, cuando es base de la existencia de nuestro espíritu, (y maravillosamente puede que lo sea hasta la perpetuación de la especie), y ha permitido que en las postrimerías de nuestras vidas, «con un pie ya en el estribo», como diría nuestro genial Cervantes, el destino se haya confabulado en unir en amistad al ilustre pensador José Luis Abellán y a un servidor, modesto escritor y poeta.

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