CALCETINES IMPARES (ANTONIO MIGUEL MORALES)

Autora: Ángeles Escudero

  Decía en el prólogo del libro que, introducirse en este poemario es como

Meter la mano, con los ojos cerrados, en un cajón de calcetines. Elegir uno al azar e intentar averiguar el camino recorrido, los pasos dados. Cada calcetín una pista, un peldaño, la pieza de un puzle para construir una historia con nombre propio. 

Hace el autor un recorrido inverso, comenzando por el final Hasta llegar a Naranjas de la china y naranjas contra el cristal, poemas de juventud, refrescantes e insolentes incluso. ¿Y qué si éramos jóvenes?

Le dije a Antonio en cuanto lo leí. 

En Pucheros comienza a intuirse la escena, el teatro irrumpe llenando los versos de palabras que son como diálogos. 

Y con el poemario que da nombre al título, se hace más evidente el compromiso que nunca ha abandonado.

Los poemas prohibidos son otra cosa, son un juego creativo, pero lleno de verosimilitud. 

Su último poemario: El perro circular. Donde Disecciona emociones con maestría y demuestra que el camino recorrido, la experiencia adquirida, no han sido en vano.

Pero yo, después de leer el poemario, 

He imaginado la vida, no como una caja de bombones, sino como una cesta repleta de calcetines recién descolgados del tendedero. 

He sabido al instante que Antonio no es uno que esté deserhermanado, tiene su otro calcetín parejo, Gonzalo. 

He sabido también que en su cesta ninguno quedaría olvidado, que rescataría del olvido (o de la ciénaga) al que tuviese menos hilo, al más deteriorado. 

He anticipado que sacaría a escena a todo el cuadro, que les daría algo de vida, algo de voz, que tendrían la oportunidad de caminar con sus pies buscando nuevos escenarios. 

Y PARA TERMINAR; UN REGALITO, UN POEMA:

Encontré un calcetín casi perfecto, 
un arquetipo, un modelo, 
Platón me diría enseguida
que no es auténticamente real lo que veo
que es solo apariencia, engaño.
Y Descartes, 
al verme revolver las prendas, 
dubitativa, decidiendo sobre si cortos o largos,
quizás reconocería su primer principio de la filosofía
Pienso, luego existo, 
lo sé porque yo también estoy dudando.
Y, cada vez que vuelvo a tener la cesta llena, 
los mismos calcetines, pero distintos
imagino el dilema:
El eterno retorno nietzscheano.
volver una y otra vez a lo mismo.
Qué difícil nos vivir.
qué fácil es la vida.

 

ALMAS DE ENCRUCIJADAS DE JUAN RAFAEL MENA

Autor: Antonio Bocanegra

 

   Por esclarecedora. quisiera dar comienzo a la presentación de este libro Almas de encrucijadas de Juan Rafael Mena con la breve sinopsis que el poeta mismo ha escrito de su propia obra. Dice así:

Tres partes tiene este libro de sesenta sonetos cada una. El amor entre el petrarquismo y una visión más moderna; la vida de cada día con sus anécdotas triviales y heroicas y lo trascendente de cara al más allá entre el enfado con Dios y las preguntas sobre su existencia, van configurando un río revuelto de ideas y sentimientos, en un oleaje de contradicciones y dudas entre lo sentimental y lo reflexivo, entre el escepticismo y la  necesidad de la creencia; un cara y cruz como la vida misma, y es ese carácter dispar a modo de encrucijada lo que le da título a este poemario. Dentro de las tendencias de posguerra, se podría considerar un encuentro entre la poesía social y la llamada nueva poesía de la experiencia.

Hasta aquí la cita.

Cuando Juan Mena me pidió que le presentara este libro, me hizo entrega del manuscrito e inicié su lectura me sorprendió el arranque del mismo, su comienzo. Debo confesarlo. ¿Era una declaración de intenciones? ¿Una carta de presentación? ¿Una justificación de su libro y de su contenido? El retrato de sí mismo, el autorretrato es una debilidad que los que escribimos hemos sentido en algún momento y a la que acabamos rindiéndonos. Les gusta a los poetas retratarse a sí mismos. Lo hicieron los Hnos. Machado, Neruda y muchos otros. Famosa y conocida es la cita de Antonio:

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido…

Yo me quedo con esta otra menos conocida que comienza así:

Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...
Calaveradas, amoríos... Nada grave,
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...

Juan, como he dicho, da comienzo a su poemario con este precioso autorretrato:

Soy una encrucijada de caminos:
La gente, sexo, Dios, amor, la muerte,
Cielo o Nada, la buena o mala suerte,
realidad o ilusión con desatinos.

Soy de buen gusto y vicios clandestinos,
>memoria que lo amargo y dulce vierte,
voluntad sobornable, a veces fuerte,
alma noble con dentros asesinos.

Siempre estoy en el puente de la duda
sin que a mi pensamiento nunca acuda
esa luz que pedimos los mortales.

Al fin, me iré mas sin saber quién era
éste que busca ahora la manera
de conciliar vilezas e ideales.

Así se define, así se ve el autor de este bellísimo libro de sonetos que presentamos hoy aquí bajo el sugerente título de Almas de encrucijadas, del prolífico y veterano poeta isleño. Pero, ¡ojo!,  no es solo el autorretrato del autor. Nos encontramos ante un arquetipo. Yo me veo en él. ¿No es el retrato de cada uno de Uds., el retrato del hombre de nuestro tiempo en la encrucijada vital, en el cruce de caminos de un tiempo singular en el que el hombre de hoy se busca y no se encuentra? Más aún, este libro no refleja, creo, el mundo del autor sino el de todos nosotros, la epopeya vital del hombre de nuestros días plasmada en forma lírica, cristalizada en epopeya lírica. Y espero no suene a hipérbole.

 JM. me encarga esta presentación  y, siendo viejos amigos y compañeros  desde que compartimos docencia allá por los años 80 en el Instituto isleño de nuestro amores y pesares “W. Benítez”, no podía negarme a ser yo el analista de esta obra. No podía hacerlo, si tenemos en cuenta que él mismo prologó un libro mío similar, Corazón en vilo (Antología de sonetos líricos), que publiqué hace un par de años.  Por otra parte, no es la primera vez que recibo este encargo de Juan —años atrás lo hice con Velo Rasgado en el incomparable marco de la Biblioteca Lobo—. Lo hago hoy con placer aunque el trabajo intelectual cada vez le resulta a uno más oneroso y difícil porque  los años se encargan de que esto sea así.

Oscar Wilde aseguraba que  existen dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Así es. Pero yo añadiría algo más. Todo creador — y  el poeta lo es por excelencia— crea porque necesita hacerlo, pero para ello no solo es imprescindible tener algo que expresar, algo que comunicar, que decir o plasmar sino saber hacerlo con arte. JM, tan conocido de todos como poeta, es un creador de la palabra, siempre ha tenido algo que decir y siempre ha sabido decirlo, siempre ha tenido ideas que ha sabido trasmitir y cristalizar bellamente en verso. Y lo ha hecho y hace con honestidad, con ingenio, con técnica, con inspiración, con arte.

 En Trabajos de amor perdido, una de las grandes comedias de Shakespeare, hallamos una cita reveladora de la misión del poeta amoroso —y este libro no tiene otro tema que el amor en todas sus facetas: el placer, los celos, los desengaños, la fidelidad al mismo, las traiciones, los deseos logrados, los deseos insatisfechos, los recuerdos del amor vivido, el dolor del amor no logrado o perdido…—. Hablaba de una cita de Shakespeare. La traigo aquí  porque de algún modo nos da razón de un poemario como este: Never durst a poet touch a pen to write/Until his ink was tempered with love's sighs. “Jamás empuña el poeta la pluma para escribir si antes no la ha atemperado con los suspiros del amor”. JM ha mojado bien su pluma en ese tintero del amor. Diría que este poemario chorrea tinta de amor por todas sus páginas porque no hay más tema que ese. En fin de cuentas, ¿qué otro tema puede justificar el hacer poético mejor que el amor? ¿Y qué otra estrofa podría el poeta escoger mejor que este modelo compositivo, el más más lírico de todos como es el soneto? Porque Almas de Encrucijadas está formado por 180 sonetos nada menos, 60, justo 60, por cada una de las partes. TS Eliot, el poeta angloamericano y Premio Nobel, afirmaba en sus Selected Essays algo muy cierto, que el soneto es el yunque donde se moldea el poeta, el crisol en el que se purifica —y añado: la forma lírica por excelencia en la que el poeta condensa y expresa mejor su inspiración—. Contra muchos de los poetas actuales diría que un poeta que se precie no puede renunciar, no renuncia jamás al empleo de esta forma métrica. JM es, y no descubro nada, menos aún aquí en La Isla, un poeta total. Es el poeta isleño por antonomasia, de tal modo que, aunque haya otros nombres, entre los que me incluyo, parece que todos ellos palidecen ante su estatura como poeta —y lo digo como lo siento. Nobleza obliga—. De ingente se podría calificar su producción, especialmente  su producción lírica. No sé cuántos libros lleva publicados, ¿50?, ¿60? ¿Cuántos tiene sin publicar? ¿Otros tantos? Él es el que puede decírnoslo, porque yo no voy a entrar en ello, sería un ejercicio inútil. Sí quiero, debo, insistir en su talla como poeta, como escritor, al margen de otras consideraciones. Pocos poetas han escrito la cantidad de versos que ha escrito Juan y todos con una calidad técnica, inspiración y variedad temática poco comunes. Pero hablemos de Almas de Encrucijadas, su última entrega.

 Tres partes tiene este libro y cada una de ellas consta de sesenta sonetos,  ya he dicho. El amor entre el petrarquismo y una visión más moderna; la vida de cada día con sus anécdotas triviales y heroicas y lo trascendente de cara al más allá entre el enfado con Dios y las preguntas sobre su existencia, van configurando un río revuelto de ideas y sentimientos, en un oleaje de contradicciones y dudas entre lo sentimental y lo reflexivo, entre el escepticismo y la  necesidad de la creencia; un cara y cruz como la vida misma, y es ese carácter dispar a modo de encrucijada lo que le da título a este poemario. Dentro de las tendencias de posguerra, se podría considerar un encuentro entre la poesía social y la llamada nueva poesía de la experiencia, son palabras del propio autor, que no podemos pasar por alto.

 La Profª. Carmen García Tejera se refiere en su magnífico Prólogo a la vigencia de esta modalidad estrófica y afirma:

 “Con desigual fortuna, el cultivo del soneto en España ha cumplido ya casi cinco siglos y, pese a que algunos lo consideren como una fórmula caduca, no podemos dudar de su vitalidad actual, siempre que admitamos que no se trata de repetir –copiar- lo que otros poetas han venido creando desde siglos atrás. A partir, sobre todo, de la segunda mitad del pasado siglo, el soneto conoce un nuevo auge en nuestras letras”. (Hasta aquí la cita).

Esta obra, Almas de encrucijadas, tiene mucho de Antología pero no lo es del todo, lo es parcialmente al estar muchas de estas composiciones extraídas de 15 poemarios suyos publicados entre 1981 y 2019. Una encrucijada que no sólo supone un punto de encuentro entre sonetos insertos en diversos libros de poemas sino también la posibilidad de que el lector se sitúe ante diferentes formas de enfocar distintas vivencias humanas, e incluso pueda tomar partido por alguna de las opciones que plantea”.

La primera parte la titula, “Fogata de sonetos amorosos”, parte en la que el autor rinde culto —lo hemos ya señalado— al tema amoroso, sin duda el tema más cantado en los sonetos de todos los tiempos, y ello desde que Garcilaso adoptó esa forma estrófica originariamente petrarquista para convertirla en el subgénero literario que hoy es tras el auge alcanzado en el Siglo de Oro de nuestras Letras, lo que hace que el soneto sea el modelo estrófico más sólido y cultivado de nuestra poesía. La maestría de esta obra que comentamos es fruto de una grandísima inspiración y de una técnica exquisita en la que el verso endecasílabo y, algo menos, el alejandrino, forman un todo a través  de una amplia gama de combinaciones métricas.  El amor como tema sobresaliente y adoptando múltiples caras o facetas, lo que confiera al libro un carácter poliédrico que se hace patente en formas múltiples: desde el canto al cuerpo femenino –visualizado en el movimiento, en los ojos, en la mirada; en  la evocación de amores frustrados, en el deseo cumplido y en el deseo malogrado; en los celos, en el lamento por la ausencia de la amada; en la exaltación de la mujer como amante, como esposa, como madre; en los amores prohibidos o censurados; en la relación amante/amada con el mar como testigo y hasta competidor en la aventura amorosa, i.e. la exaltación/excitación que produce ver el cuerpo de mujer en su desnudez en el hábitat marino (algo muy presente, recurrente diría, en gran parte del poemario). Y junto a esta imaginería femenina las típicas de la poesía amorosa: el amante prisionero de su pasión;

Prisionero me siento, prisionero
de tu paso elegante, de tu paso,
y acaso me resisto un poco, acaso,
no quiero declararme a ti, no quiero.

Hermoso y conseguido ejemplo de esa figura de repetición llamada epanadiplosis, que resulta tan efectista porque la primera o segunda palabra de cada verso se repite como un eco al final del mismo dejando en el oído una cierta sensación de belleza y musicalidad.

Tema importante es el de la mujer, como protagonista o centro de nuestras vidas —como madre, hermana, esposa e hija:

 Mujer: tú, madre en que la sangre amasa
el amor, los trabajos, los desvelos
para que el hijo, altar de tus anhelos,
sea el puntal más seguro de la casa.

 Mujer: hermana, piedra y argamasa
del muro de unos ímpetus gemelos
a los míos, esfuerzos paralelos
para erigir sobre la misma basa.

Mujer: esposa que me das aliento
y eres íntima y cálida aliada,
como en la retaguardia de mi guerra.

Mujer: hija, raíz de mi contento,
como tus ascendientes, entregada
a seguir la cadena de la tierra.

La amada es considerada como una fortaleza inexpugnable que solo puede ser conseguida utilizando mil argucias por parte del amado. Tema especialmente recurrente en esta primera parte es la pérdida de la belleza y la juventud: sonetos 36, 49,52, 54— cuyo primer verso me recuerda aquel soneto de Shakespeare cuyo primer verso dice así: Look in thy glass, and tell the face Thou viewest.  También el famoso soneto de Yeats, el escritor irlandés —When you are old and grey and full of sleep/and nodding by the fire…Aquí se introduce otro matiz: el de la tristeza ante la visión—Se mira en el espejo y se entristece—. Y vuelve al tema en el 58. El aludido 52 dice así:

Te vi de joven, cuerpo estatuario,
alas de delgadez en tu figura,
un garbo en el andar, leve cintura,
gala juncal de aquel abril plenario.

Pasó el tiempo. Una más del vecindario.
Esposa y madre y gestos de madura,
seno caído con feliz holgura,
ostentoso y bailón el tafanario.

No eres tú aquella sílfide armoniosa
ni yo aquel con romántica mirada
de nuestra primavera bulliciosa.

Pero para el amor no importa nada:
Madura o joven, siempre será amada
quien mucho enamoró cuando era hermosa.

Y el beso, los besos —los logrados y los frustrados— Aquel beso que un día quise darte/se me quedó enredado en el deseo—. La felicidad; el apetito carnal; los recuerdos del pasado, de lo vivido; la aventura esporádica —La noche se acercaba a paso lento/de mano de la brisa hasta la playa. La pasión controlada o desbordada. Pero es en la exaltación, en el elogio al cuerpo femenino donde el poeta brilla de manera especial. Veamos solo un ejemplo, cómo se describe la mano de la amada mediante el empleo de oportunas anáforas situadas de una manera originalísima—Tu mano al principio de cada verso del primer cuarteto; Déjala, en los del segundo cuarteto, para ir alternando una u otra en los tercetos. Técnica e inspiración de altos vuelos:

Tu mano está, alhelí, sobre la mía.
Tu mano, animalito de ternura.
Tu mano, que calienta, que perdura.
Tu mano, lazo de tu cercanía.
Déjala, que es suave compañía.
Déjala, que es la puerta más segura.
Déjala, que es final de mi aventura.
Déjala, que es compás de mi armonía.
Tu mano es mi más clara trayectoria.
Déjala y no me quites su sosiego.
Tu mano, cuenco ardiente de mi historia.
Déjala, que mantenga siempre el fuego.
Tu mano, donde entierro mi memoria.
Déjala, te lo pido como un ciego.

Todos los temas se sitúan en un contexto de plena actualidad. No hablamos del amor cortés, del amor ideal o idílico en un escenario pastoril o bucólico sino del amor en un entorno presente, son historias de hoy, historias vividas unas, presenciadas otras por el poeta en lugares cercanos al poeta, con personajes cercanos al poeta es decir, La Isla como escenario, y el hombre isleño como protagonista—sea el poeta mismo o el hombre de la calle—. Estas historias o personajes se revisten y encuadran frecuentemente dentro del conocido mito del Don Juan, en el que el poeta se encarna, introduciendo el prototipo conquistador y masculino por antonomasia, lo que resulta fácilmente entendible por el lector. 

El gran problema para el crítico, para el analista de este poemario es la enorme variedad temática que tiene. Hemos tratado de describir esta primera parte con unos breves trazos pero podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos ante una inmensa pinacoteca en la que sus múltiples cuadros reflejan un mundo rico en escenas, situaciones y personajes muy distintos unos de otros y de una enorme riqueza. 

De la segunda parte, titulada “Sonetos de ida y vuelta por la vida” la prologuista, la Dra. García Tejera, dice textualmente que forma:

“… una serie de meditaciones, de reflexiones (con cierto carácter moralizante, un tanto quevedesco) que a menudo ofrecen una visión amarga y desencantada de la existencia humana. El poeta, que se muestra aquí como un cronista de lo que ocurre a su alrededor, aborda una amplia variedad de temas, sobre todo centrados en el vivir cotidiano y en las relaciones humanas. Pero como poeta no puede conformarse con testimoniar lo que ocurre en su entorno, sino que, a partir de su incisiva mirada, nos descubre lo que la apariencia oculta. Así, en la mayor parte de estos sonetos se muestra la doble cara –haz y envés- de la realidad. Porque la mera apariencia suele ser engañosa: encubre a menudo situaciones muy diferentes que se escapan a la mirada superficial; de ahí el empleo frecuente del término “máscara” y el uso constante de la paradoja como recurso expresivo en unos poemas que, en muchos casos, resultan ser una especie de manual o recetario práctico de supervivencia”.

El juicio de la Dra. Gª. Tejera es acertado pero yo no me atrevería a afirmar que las tres partes constituyen compartimentos estancos, diferenciados unos de otros por su temática, menos aún por su técnica expresiva. No creo que ese haya sido el propósito del autor, se trata, bajo mi punto de vista, de agrupar, en la medida de lo posible, temas parecidos. En efecto, a lo largo de la obra aparecen sonetos que podrían ser incluidos en una u otra parte. No se tome, pues, esta clasificación de un modo estricto sino orientativo,  El libro tiene un carácter unitario innegable, si bien esta segunda parte toque aspectos más socializantes y moralistas que no aparecen tan nítidamente en la primera parte: la lucha por la existencia; el amor oculto por un vecino—Gritar quisiera que ama a su vecino—; la estampa de la mujer infiel; del marido infiel; la bisexualidad—Te miras al espejo y por no ver/lo que advirtiendo estás, cierras los ojos—; los problemas domésticos; la mujer insatisfecha; la infidelidad de él o de ella o de los dos; el drama de la soltería:

Atardecida rosa es tu hermosura,
Gala de barrio ya en mujer madura,
no salgas a la calle y, si lo haces,
tápate los oídos por si acaso
tu exuberancia célibe, a tu paso,
arranca chispas de las más voraces.

El drama de la mujer no agraciada, es decir, de la fea —Feo es el rostro pero el cuerpo hermoso./ Ríe y se mueve con desenvoltura./ Solterona y de avispa la cintura./ Simpática y de espíritu animoso. El drama de la que por necesidad se dedica al oficio más viejo del mundo: A falta de dineros, hay arrojos./ La miseria se ha vuelto una tenaza./Aprieta cada día su amenaza./El hambre quita velo a los sonrojos. Me he referido al carácter unitario del libro, buena prueba de ello es el soneto 39 de esta parte, en el que se vuelve a tratar la pérdida de la belleza en la mujer, su fragilidad:

Yo, espectador que fui de tu hermosura,
el que admiró tu ritmo de caderas,
el que cantara ayer tus primaveras
y tu verano de beldad madura;
tú, que pusiste a prueba mi cordura
lanzándome tus flechas más certeras
desde el arco sutil de tus ojeras
para clavarme un tiento de aventura,
hoy miro tu vejez arrinconada,
tu cabeza es un ave desnortada,
y yo, con mi congoja vacilante.
Pude hacerte feliz y me arrepiento
de no haber sucumbido a aquel tu tiento
y ser, rendido, tu mejor amante.

Y, ¿cómo yo? La desgana de la esposa (“Amada indispuesta”) frente al ardor del marido. La crítica al político —siempre oportuna en estos tiempos que corren— y, para que esta crítica parezca más cáustica y realista lo hace en primera persona, i.e. el poeta se encarna en el político:

Hago promesas yo desde el atril
en la campaña a punto de elecciones.
Soy gárgola de buenas intenciones
y a todos doy honrado mi perfil.
Detrás de mi proyecto concejil
yo me amaso, secretas, mis razones
para nunca tener preocupaciones
si después de las urnas salgo edil.
Que me cuenten después entre los pillos,
esos que van llenando sus bolsillos
con sudor del erario ciudadano.
Que otros sean políticos honestos,
que yo con mis discursos y mis gestos,
doy paz a mi futuro, de antemano.

Esta disposición o combinación de les tercetos —aab/ccb— es, con diferencia la más utilizada

Y está el retrato de la casquivana; el elogio de la soltería, el chulo guaperas; el asombro ante la belleza de ciertas mujeres, belleza que nos deja sin palabras: Este verso persigue lo imposible/mas la palabra se declara muda./Incluso desespera y se desnuda/y llora su pobreza irredimible. Estos y otros muchos temas componen esta segunda parte. Será el lector el que podrá disfrutarlos. Uno, en fin de cuentas, no puede sino hacer un pequeño esbozo de los mismos.

Y, finalmente, la tercera parte. “Sonetos que rondaron la frontera”. Frontera aquí es ese punto, ese límite impreciso y desconocido, a la vez, que separa la vida de la muerte. Constituye toda serie de sonetos trascendentales o existenciales con los que el autor expresa sus temores, sus dudas sobre sí mismo, sobre Dios, sobre el más allá, plantea interrogantes, en otras palabras, analiza su yo mediante diálogos consigo mismo y en ellos analiza o intenta analizar su naturaleza existencial, sus actitudes frente a la vida, su proceder o comportamiento en el día a día. Particularmente hermosos aquellos en los que el poeta plantea su relación con Dios en una línea que podríamos calificar de plenamente mística. “Un Dios a menudo oculto e incluso huidizo cuya ausencia llena de incertidumbre, cuando no de congoja, a quien lo invoca” —en palabras de la prologuista Profª. Gª.T. Es lo que se ha venido en llamar “el silencio de Dios” y la orfandad que ese silencio crea en el alma del creyente. El  Dios deseado y deseante del ”Animal de fondo” juanramoniano:

Es una historia que me desconcierta.
¿Cómo llevando a Dios aquí conmigo
y, siendo incluso mi mejor amigo,
mi vida a oscuras va sin que Él lo advierta?
Ante el Mal tiemblo y paso como alerta
y siempre como en frío desabrigo.
¿Cómo Dios, que está en mí, de esto testigo,
mi alma deja al peligro descubierta?
Si Él me acompaña en esta larga prueba,
sé bien que de la mano no me lleva
y siento en mí la soledad del hombre.
Triste es llevar a Dios tan junto y dentro,
y que no salga nunca a nuestro encuentro
por mucho que lo llame por su nombre

Y naturalmente el trance final, o el trance inicial: la muerte, presente en diversos poemas de esta parte: Somos ruda vendimia de la muerte/ y es esta vida humana su lagar./Cada uno, una uva por pisar,/ y el tiempo con pisadas se divierte. Los numerados 11, 28 y 40 se ocupan de este tema y es Caronte, el barquero infernal, el vigilante de la Laguna Estigia, el imprescindible maestro de ceremonias poniendo un toque, una atmósfera mítica a ese inquietante final que a todos nos espera.

Por aquí y por allá aparecen pinceladas de poesía metafísica en la línea de John Donne: —Cuando toco mi piel, palpo mi calavera…—. Incluso sonetos completos. El 45, concretamente, es abordado bajo el prisma de la más estricta ortodoxia cristiana:

Mientras se pudra el cuerpo que yo era
o las cenizas que quedaran, vuelen;
mientras los míos mi recuerdo velen,
reciente la partida que emprendiera,
¿qué haré yo mientras tanto por la esfera
de la que nadie ha vuelto, aunque la celen
la esperanza y la fe, y ellas revelen
otra vida en la intriga de la espera?
¿Despertaré buscando a Dios, gozoso
lo que suba de mí, menesteroso
de ese puerto, final de la aventura?
¿Qué será Dios: Amor, Conocimiento,
o mano que nos da el merecimiento
de lo que aquí nuestro vivir procura?

El tema del Carpe diem horaciano aparece especialmente en el soneto 38: Sé feliz mientras puedas, como dice Epicuro./ No dejes que las sombras enturbien tu sonrisa./ Ponle freno al caballo urbano de la prisa./Siéntete en el islote de una dicha seguro. El sexo —al que llama “alcahuete del placer”— no podía estar ausente: Tú, Sexo, un alcahuete del placer,/ te quieres zambullir en la ignorancia./ Carnal piscina es esa circunstancia,/agua en la que te vas a estremecer. El poder del dinero (Soneto 18):

El dinero se ríe de la gente.
Él es el dueño de sus corazones.
Él es una palanca de pasiones.
Él hace al más rebelde un obediente.
Nadie le vuelve el ojo indiferente.
Nadie lo excluye de sus emociones.
Nadie ignora el poder de sus blasones.
Nadie lo acusa de que es indecente.
El dinero, aliado que nos une,
es también enemigo que desune.
Él es el genio de la paradoja.
Tanto a su humillación nos encadena,
que, aun siendo vil metal, le damos pena
y de nuestras rodillas se sonroja.

Bien, creo que debo terminar. Aunque el poeta se sitúa entre la tradición y la modernidad es la variedad temática, la inspiración y la técnica poética que goza esta última entrega de Juan Mena lo que quisiera resaltar. Unidad que es evidente porque la elección del soneto como única fórmula poética contribuye a ello de un modo eficaz: presentación del tema en los cuartetos y conclusión y cierre en los tercetos, especialmente en el segundo o bien en el verso final, que siempre es más atractivo. Y todo ello utilizando los recursos poéticos propios de este tipo de composición: la metáfora, la anáfora, la metonimia y otras muchas figuras del lenguaje. Desde esta tribuna invito al amante de la poesía al excelso deleite de su lectura. Y no enaltezco el producto con esa fórmula tan manida de los anunciantes quienes después de exaltar las excelencias de tal o cual artículo añaden “palabra de…” y citan su nombre. Algo chusco, si me permiten la expresión.  Ensalzo este libro porque quien lo ha escrito se llama Juan Mena, todo un poeta, y, como poeta y como hombre, perdido en la marabunta de la vida, en lucha con Dios, con la mujer o el sexo, con el entorno social, con el propio yo. Es la epopeya que escribimos todos y cada uno y que el gran Lope de Vega describió con estos bellísimos versos resumió y llevó al fracaso:

En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios.

Sin Dios por lo que os deseo,
sin mí porque estoy sin vos,
sin vos porque no os poseo.

PARA UNA POÉTICA

Autor: Juan R. Mena

El autor de esta Poética recuerda que en 1974 la colección de poesía Ángaro editó una Antología poética del Grupo Ángaro en la que fue incluido y para la que escribió una Poética. También en 1978 apareció otra Poética en la Antología consultada de la nueva poesía andaluza (1963-1978), publicada en la colección Aldebarán por  Manuel Urbano. 

Advierte, por tanto, que ambas Poéticas quedan en estado larvario de la que aparece a continuación.

                                          I

                               

    Entrar en definir la poesía no es tarea fácil ni recomendable. Es algo así como encontrar la famosa aguja en el pajar. Siglos llevamos tratando de acercarnos a la esencia de la poesía, desde el griego del siglo VI antes de Cristo Simónides de Ceos hasta las últimas sugerencias de algunos poetas que no permiten que su intención sobrepase los límites de la teoría para no pecar de atrevidos.

En efecto, en Horacio podemos leer “ut pictura poesis”. Con la misma idea se anticipó Simónides: “la pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Esa misma idea va a reproducir luego Plutarco y más adelante, Leonardo da Vinci en frase aproximada. Ahora bien, esto es reducir la función poética a una dimensión solamente: la del papel sensorial de la palabra.

    Ésta fue la propuesta del ruso Potebnia en el siglo XIX. El ultraísmo magnificó la metáfora como caballo de batalla del poema. Las vanguardias se afanaron por destacar esa misma figura como indispensable recurso. Ya, en nuestros tiempos, acordémonos de aquel título de Luis Rosales Pintura escrita. Evidentemente, la poesía no puede ser solo pintura sino concepto también. Para ello tenemos que llegar a Dámaso Alonso, que establece una equilibrio entre significado y significante.

    Pero ahondemos en la definición y aventurémonos con una teoría para tranquilizar la inquietud de los buscadores infatigables.

    Ante el intento de convertir los conceptos en imágenes o no, la poesía es una avanzada del lenguaje literario y a ella le está reservada la famosa función poética –recuérdese a Roman Jakobson-, que consiste en la deconstrucción del lenguaje de la poesía tradicional con sus lastres inveterados, carriles lingüístico-mentales fáciles para encauzar por ellos las frases hechas que constan en el acervo léxico del poeta nada autoexigente.

    Pues bien, aparte del auxilio estético que representan la metáfora, el símil y la sinestesia, el estilista ruso Vixtor Shklovski, en su opúsculo El arte como artificio, nos dejó un aviso que no se ha de olvidar.

 

    Decía que el extrañamiento nos permite percibir de forma desautomatizada y remozada lo que está automatizado y redicho ya por el hábito inconsciente de los que escriben y no sienten el lenguaje como creación propia, sino como un instrumento de pensar y pegar en el papel. Sólo el poeta creador siente el lenguaje como nacido de su anhelo y lo selecciona aunando en un conjunto de palabras aquellas que le revelan una singularidad que le presenta el verso como nuevo y levigado de la ganga repetitiva de los demás poetas. Esa desautomatización es un reto para que el vate afortunado se haga artífice de secuencias sintáctico-semánticas que logren un lenguaje sorprendente, como dijo el músico Vivaldi: “Reformar y sorprender”. Oigamos, lo que dice Goethe: “Todas las cosas ya han sido dichas. Lo que conviene, para el poeta, es repetirlas de otro modo”. Ahora pongamos oído a Oscar Wide: “El placer superior en literatura  es  realizar lo que no existe”. Por fin, no olvidemos a nuestro Picasso: “Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera”. Para otro artículo dejaremos aquello de Antonio Machado de “la palabra en el tiempo”, verso que no deja de ser un poco discutible.        

                                                              

                                              I I

 

     Cuántos poetas conscientes de su quehacer literario se han planteado lo que podría significar estos versos de Antonio Machado:

        Ni mármol duro y eterno,

        ni música ni pintura,

        sino palabra en el tiempo.

 

     Hemos de suponer que la palabra en el tiempo es la palabra que se dice “a tiempo” y no fuera de su época, porque lo inevitable, aunque no lo acepten los  poetas anquilosados, es que los modernistas no escribían como los poetas realistas, ni los de la llamada generación del 27 lo hicieron como Rubén Darío y sus seguidores. 

 

    La explicación está clara: una generación nace de otra por oposición y porque ha habido poetas que han madurado un determinado registro generacional y lo han presentado como un nuevo estilo de expresar sus ideas. El Renacimiento fue un logro estilístico que evolucionó hacia el Barroco, ya lo sabemos, lo mismo podríamos decir del Modernismo con respecto al Romanticismo (sin olvidar la influencia del simbolismo francés).

    Sabemos, por otra parte, que los vanguardistas, por propia espontaneidad, tuvieron muy en cuenta los dos primeros versos de los tres citados, pero no coinciden con los otros versos que siguen de Machado:   

 

 

            Canto y cuento es la poesía.

            Se canta una viva historia,

            contando su melodía.

 

    Evidentemente, los vanguardistas rehuían la historia, el contenido, lo que llamaría Dámaso Alonso el significado. Entonces, ¿dónde buscaríamos esa palabra en el tiempo que auguraba o propugnaba el poeta sevillano?

    Uno de los inconvenientes con los que tropieza todo poeta es el adjetivo. Acordémonos de lo que dijo el poeta chileno Vicente Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Esa preocupación ya había hecho decir a Juan Ramón Jiménez: “No la toques ya más que así es la rosa”.

   Por eso mismo, la palabra en el tiempo no tiene sólo una exigencia histórica como hace Machado en Campos de Castilla (1912), donde el verso se hace responsable de la temporalidad en la que vive el poeta, lo mismo que hizo con sus Soledades (1907), mesurada estilización del modernismo fuera de los faustos verbales de otros poetas, como Villaespesa y Rueda, que aún eran fieles a las fórmulas escolásticas del movimiento que Manuel Machado daba por finiquitado en 1910. 

 

    Entiendo yo que la palabra en el tiempo es que el poeta no vuelve la espalda a lo que le pide su época y cumple con ella. ¿No hicieron esto los poetas de la segunda generación de postguerra? Los más representativos de esta hornada, los poetas del realismo crítico, fueron sensibilidades atentas al fluir de los acontecimientos históricos y no retrocedieron al pasado sino que procuraron que la poesía fuese, si no un acta notarial, sí un espejo a lo largo de un tiempo que pedía a voces la palabra justa y necesaria como sonido de la libertad. Con ello se cumpliría: «La poesía es —decía Mairena— el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo…”.

 

    Aparte de los poemas torrenciales en verso libre o no como cataratas líricas salpicadas de imágenes visionarias, como las llama Carlos Bousoño, de poemas más o menos culturalistas o de fingidas evocaciones, la palabra en el tiempo, creo yo, que no es rigurosamente lo que escribiera Machado en esa época que él padeció y cantó, trasladándolo a nuestra época en que se editan  tantos poemarios sin estructura rítmica como una bacanal del verso libre, sino que, entre tanto aluvión poético, hay que distinguir “entre las voces, una”; o sea, la autenticidad, que hoy es presentar el verso como si fuera su lectura nueva a los ojos del lector; como diría Vixtor Shklovski —repito—: "Crear la visión, no el reconocimniento", y que coincide con Aristóteles cuando escribe:“Dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”; en suma: un rejuvenecimiento del lenguaje poético frente al registro manido y oxidado. Muchos poetas actuales se quieren librar de la forma, pero no saben librarse del lenguaje literario heredado, a cuyo registro no aportan rasgo alguno de creatividad. También escribió Machado: “Verso libre, verso libre…/ Líbrate, mejor, del verso/ cuando te esclavice”. 

    La esclavitud lo mismo la da el verso clásico a ultranza falto de frescura lírica como el renglón anárquico con prensiones geniales.

 

    Es un reto a la originalidad, Tal vez eso sea hoy la palabra en el tiempo.

                                       

                                             I I I

  

    Pero insistamos en el tema porque es de rigurosa actualidad.

    Es un error creer que porque se escribe en verso libre, se está escribiendo poesía moderna y, con ello, el poeta en cuestión se distancia de una poesía desgastada. No deja de ser una actitud ingenua, pero que satisface a los lectores que se piensan inquilinos de una modernidad iconoclasta todavía, como en los tiempos tormentosos de las vanguardias, en especial en la vorágine destructora del dadaísmo. Si a ese verso libre sin ritmo (sin embargo, aceptemos de buen grado la tesis del ritmo interno) le añadimos un anhelo de crear y su resultado semántico es ininteligible, como un quiero y no puedo estilístico, entonces tenemos la “poesía que se lleva”, en la creencia de quien la escribe y de quienes lo certifican como tal, que se adelanta como si propugnase una gesta innovadora.

    Hay que afirmar acerca del verso libre lo siguiente. Pongamos el ejemplo del trapecista. Le es fácil a éste trabajar con la red abajo para más seguridad. Lo difícil y arriesgado es trabajar sin red. Pues bien, el verso métrico con su marchamo de tradición, es la red con la que se escriben cuartetos, serventesios, sonetos o romances que salvan la reputación del poeta y avalan su maestría, si evita caer en expresiones trasnochadas. 

   Quien escribe en verso libre tiene el riesgo que estoy exponiendo aquí; o sea, que el texto escrito acabe siendo un disparatario ininteligible o con ínfulas de “poesía escrita para pocos”, dicho irónicamente con expresión de Góngora. Cuando un poema en verso libre sale admirable, entonces tenemos un poema que no se apoya en el cómputo de sílabas ni en la rima; es decir, que vale por sí mismo: es el trapecista que ha llevado a cabo una actuación aplaudida con entusiasmo, debido, además, a que ha trabajado sin red: sin la métrica, que da siempre respetabilidad.

  No sé si ésta sería la prevención de Antonio Machado ante el verso libre, que señalábamos en el otro artículo. Posiblemente mi argumentación esté cerca de lo que pensaba el poeta de Campos de Castilla, pero mi lema ante el prejuicio de la tradición formal es la del músico veneciano antes citado. Quien lo consiga, ha renovado la poesía (no se la han inventado, como piensan muchos versolibristas, tal vez con buena voluntad).

 Teniendo en cuenta esa ”visión” —poesía creativa— y no “reconocimiento”—poesía lastrada—, como quería Shklovski, me acuerdo de dos poemas que pueden figurar como modelos, uno de verso libre (“Se querían”, de Vicente Aleixandre), y “Eterna sombra” de Miguel Hernández, como poesía métrica que cumple con el lema de “sorprender y reformar”. Con ello insisto en crear, no repetir sintagmas que ya están lexicalizados en el baúl del sistema de la Lengua. “lo demás—como escribió Verlaine—es literatura”.   

Pero que cada cual escriba lo que pueda sin olvidar un mínimo de dignidad literaria tanto en el verso libre como en el verso encorsetado en la métrica. 

 

Ahora bien, en la mente del lector siempre estarà la poesía asociada al ritmo y a la emoción de un lenguaje creativo.

 

 

María Ángeles Martínez, ODN

Aquí, a mi lado, Eduardo Martínez Rico, licenciado en Filología Hispánica, doctor en Filología. Ambos títulos por la Universidad Complutense de Madrid. Escritor, y ya con muchos libros publicados, cuyos nombres encontrarán en la solapa de la novela que vamos a presentar.

Nos une el parentesco, es hijo de mi hermano Nicolás, ya en la nueva vida en Dios, y es nieto de mi queridísimo padre, Don Carlos Martínez. Además de este parentesco, nos hermanan gustos, curiosidades, EL AMOR A ESTE PUEBLO ENTRAÑABLE, "porque este pueblo tiene alma, tiene paisaje, tiene historia, tiene tradiciones…", pero sobre todo el amor a la lectura y a la escritura. Dialogamos muy a gusto, él un joven de esta época, yo una monja ya madura y andariega. Misionera en América Latina por 45 años llenos de fascinación, de entrega, pero sobre todo llena de agradecimiento por lo mucho que fui querida y por tantas posibilidades de ser yo misma, mujer de evangelio y escritora, mejor “escribidora”.

¿Qué deseo destacar de su última novela publicada?

1. UNA NOVELA GALLEGA. En primer lugar es una novela gallega, y mejor dicho, eumesa, una novela con un entorno especial de la ría de Ares, la entrada a Ferrol con el castillo San Carlos como se reconoce en la novela. Pontedeume con toda su riqueza histórica y paisajista. En todas sus páginas los eumeses, al leerla, yo la primera, me siento en casa, se me encoge el corazón al decir: esta es mi tierra, mi gente, el entorno que me vio nacer; sus calles, sus puentes de hierro y de piedra, la playa, la fiesta del Carmen en el muelle (cf. Confesión, p.166), la Casa del pescador, la cucaña, los botes en donde hay gozo juvenil y amoroso.

2. UNA NOVELA DE AMOR. Efectivamente, descubro también que es una novela de Amor, de amores juveniles sanos, explosivos. De una juventud con nombres propios que se nos pegan pronto: Santiago y Fernando; Laura y Marta. Las novelas de amor siempre conllevan la exaltación del eros, la explosión del sexo, del género, pero también las contradicciones de los celos, de la violencia temperamental, de las ideologías y las clases sociales. Son los conflictos que aparecen en la novela y que ya el título nos los resitúa: Confesión. Algo ocurre y estalla al inicio de la trama.

3. EL VALOR DE LA AMISTAD. Y en ese sentido quiero destacar que dentro de esos amores juveniles, se destaca algo precioso que marcará a los protagonistas: Santiago y Fernando: el valor de la amistad. Un valor que destaca desde el principio hasta el fin. Un amor realista, lleno de complicidades; una amistad que podría acuñarse con lo que dice el libro del Eclesiástico en la Biblia: “El amigo fiel es apoyo seguro, quien lo encuentra, encontró un tesoro.” (Eclo 6, 14). Jesús mismo en San Juan, va a llamar a los suyos amigos: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 12-15). Y… ”Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1 ).
(Cf. Confesión, p.41)

4. UNA NOVELA PROCESUAL. Unido a ello es una novela procesual. Hasta puede aparecer como repetitiva o reiterativa algunas veces. Es que hay escucha. Diálogo, sí, pero especialmente Santiago Leira, es un experto “en el arte de escuchar que diría en sus Ensayos Miguel de Montaigne. Él es para mí el héroe de la novela. Por su amigo en conflicto, condenado en prisión, dedica de forma perseverante toda su persona, su tiempo, a escucharlo y a acompañarlo. (Cf. Confesión, p. 402-403) Es un relato intenso que al final se descubre y hay que saborear con una segunda lectura… “Porque la palabra puede transformar la realidad, pero sólo el silencio nos transforma a nosotros mismos” (Pablo D´Ors).

5. NOVELA TRASCENDENTE. Para terminar, desde mi visión religiosa, descubro trascendencia. Pero ¿en qué sentido? ¿Cómo explicarlo?…
Quiero felicitar a Eduardo porque al ser joven ha tratado muy bien eso de hacer proceso de lo que él titula Confesión. Porque la confesión desde nuestras categorías de catequesis elemental, es puntual: un tiempo pequeño, delante de un sacerdote o en un confesonario. Se pide perdón con propósito de la enmienda y se espera la absolución final. En la novela se da a través de la escucha y del acompañamiento del amigo padre Leira, un proceso de discernimiento de la vida entera que se descubre al final del libro y que yo no lo voy a mentar ni descubrir (p. 147). 

6. UNA NOVELA DE HUMANISMO CRISTIANO. El arte de amar de E. Fromm, el arte de conversar, Miguel de Montaigne; el arte de comprender el corazón con sus contradicciones de maldad y bondad. Es la toma de conciencia de la vulnerabilidad, la finitud, de la fragilidad humana. Se destaca lo positivo, como una pedagogía, inserta en la novela, que ayuda a pensar, a comprender, a perdonar (cf. Confesión, p. 258). Porque “las personas son capaces de una bondad honda que es más que el mal intenso… en situaciones de agradecimiento, de amistad, la vida se intensifica… El mal es muy profundo, la bondad es todavía más.” (Josep María Esquirol, filósofo, Cultura, p. 22, El País, 23 de abril. En este mundo, en estas afueras del mundo, se sostiene gracias a la generosidad de la gente.

  7. En medio de toda la narración, en mi lectura personal, a mí, como mujer, me apareció esta pregunta: “¿A las mujeres que aman y sufren, qué les afecta y condiciona la vida a través de todo el relato de Confesión?” (cf. Confesión, p.258).


 ………………………

Hay un trasversal en la novela: es el valor de la perseverancia en la amistad, el saber permanecer hasta el final con el amigo. Santiago, el Padre Leira, es el verdadero protagonista de esta novela. 

DE CÓMO EL PRESENTADOR SE NIEGA A PRESENTAR EL LIBRO UN EDIFICIO SOBRE EL MAR Y LOS MOTIVOS QUE ESGRIME

Dolors Alberola
Poeta

Presentar un libro es creer en su autor, en la palabra que viene envuelta entre sus páginas, en los sueños, en este caso, de un hombre que conjuga, que igualmente conjura, verso a verso, la única palabra, amar. A veces este amar se escribe con vocales, con consonantes, lluvia cayendo sobre aquellas a modo de sonoros acentos, comas que, tal la hierba, separan varias frases y les abren paisajes en los que la sonrisa de la amada revuela como un cóndor.

Presentar un libro no es siempre leer fragmentos de sus versos, hablar de la sintaxis, del estilo, de los diferentes recursos que encierra, se puede hablar exactamente de cómo el poeta sonríe ante la musa y estaremos pintando su palabra, de cómo el poeta vive el tacto irrevocable de cada sensación y diremos la música. De cómo el propio poeta se desnace y convertido en signo habla para nosotros y estaremos leyendo más abajo quizás de algunas citas, pero yendo hacia arriba, hacia la luz más alta, hacia el alma del libro o del papel, porque el papel es siempre el continente del alma del autor y por ello es de alma,

Presentar un libro es que ahora yo me siente, por ejemplo, aquí y coja entre mis manos este Edificio sobre el mar y se licúen sus páginas y el agua os llegue a todos y os purifique el labio, la sed y hasta la orilla del delirio más alto. Y, tal vez, no os diga nada sobre lo que contiene, pero abra la caja de Pandora y, en vez de tantos males como vienen cayendo desde el mundo, se nos revierta un aire totalmente cómplice que nos empuje al aire. O quizás ni la abra, sencillamente diga, esto es el revés del espejo del mal –y os lo enseñe- entrar en él es desnudar del miedo cada cosa y dejarla desnuda como ofrenda perenne, dejarla ante los ojos como una lupa enorme que ciegue lo terrible y nos abra las manos.

Un edificio sobre el mar

Presentar un libro puede ser no hablar nunca de él, crear un clima de miedo o de sospecha hacia todo lo oculto que, al rozar el título, se convierte en deseo. Un deseo terrible de tenerlo, una sospecha cierta de que dirá exactamente lo que, sin esperar, quisiéramos leer, una tendencia inalienable a penetrar sus páginas y poseerlo entero.

Presentar un libro es lo mismo que acercarse en la noche a un lugar tan secreto que en su oscuridad se iluminen mil mundos y todos sean uno, el texto que el autor nos deja entre las manos, a modo de caricias o de droga o de pequeña muerte, y, una vez allí, no quede más razón que compartirlo, llenar la sala ahora de sílabas y sílabas que no formen los versos que contiene, pero que, a cambio, amarren, como cuerdas muy libres, vuestras manos a un mundo de poesía.

Pero no todo acaba aquí. No todo va a ser solamente la no presentación de un magnífico poemario que realmente no precisa de nada sino que basta con ser leído y degustado. También esta noche vamos a disfrutar de la enorme pericia de este poeta a la hora de la metáfora, de la musicalidad, de la comunicación, por medio de un puñadito de poemas inéditos que nos dejarán con ganas de más y, cómo no, de la maravillosa música de nuestros entrañables amigos, El domador de medusas, que, con sus acordes no solo dominarían a las propias sino también a todas las sirenas y monstruos literarios que habitan en el fondo de las aguas, el fondo inaccesible de la luz, el fondo de la matemática; pues tanto la música como la poesía no son sino variantes idílicas del número, imitación preclara de ese vocabulario de los ángeles, huellas tangibles de lo que llamamos Dios sobre la tierra.

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