LA TORPEZA DEL HÉROE Y EL DESTINO

Jesús Varela

Déjenme no más esos instantes de viaje sin salida, ese tránsito inútil, ese salto prescindible. Regálenme la incógnita de por qué se mueven mis manos, el mapa ilegible que dejan sobre el papel. / Déjenme eso solo, mi propio misterio (La torpeza del héroe, pág. 171)

     Son las últimas líneas de un cuento-testimonio con el que Martín Hidalgo cierra su libro de relatos titulado La torpeza del héroe. Se recomienda que no pierdan la oportunidad de escuchar a Martín Hidalgo cuando habla de literatura; mejor cuando habla de sí mismo como escritor, como un torpe héroe que no puede zafarse de su compulsión por escribir. En el último episodio de su primera obra publicada, La torpeza del héroe, tras veinte relatos que componen este libro de lectura recomendada, el autor se presenta a sí mismo como uno de tantos héroes cuyas andanzas y desventuras desvela en cada uno de los relatos con la misma compasión que se autoconcede. Porque en sus relatos toman protagonismo «torpes héroes que se entregan a estúpidas o trágicas cruzadas, como el escritor heroico enfrentado siempre a su propia torpeza, a sí mismo».

     Dice Martín Hidalgo, filósofo de profesión, que él siente ser infiel a la filosofía con la literatura. Frente al ejercicio de la razón y el ámbito conceptual y de las ideas en los que se desenvuelve la filosofía, prefiere en su tiempo libre dedicarse a la escritura, porque como él concluye, «con la literatura se llega a lugares donde no llega la razón y donde se pueden proyectar aspiraciones y frustraciones».

No deseo conocer por qué escribo. Me limito a ejercer mi íntimo derecho a no querer saber, como cuando aparentamos la mirada o sale nuestro número en la ruleta. Es la misma razón por la que nunca he preguntado a un mago por sus trucos (pág.171).

     Martín Hidalgo toma impulso para la elaboración de sus libros de un hilo con dos hebras tan emparejadas que identificamos como única: héroe y destino.

     Al comienzo de su libro hay una referencia literaria, tomada de Ernesto Sábato, que fundamenta su decisión de escribir con personajes heroicos.

El hombre de hoy vive a alta presión, ante el peligro de la aniquilación y la muerte, de la tortura y la soledad. Es un hombre de situaciones extremas, ha llegado o está frente a los límites últimos de su existencia. La literatura que lo describe o indaga no puede ser, pues, sino una literatura de situaciones excepcionales. (pág. 11).

     El héroe es el producto de una necesidad humana, porque el ser humano necesita crear héroes. Martín Hidalgo imagina personajes para sus relatos como héroes a la manera de las antiguas tragedias y narraciones griegas; «hombres y mujeres atrapados en su propia Moira, singulares y únicos». Aunque, y su aportación es genuina, son héroes que no realizan grandes hazañas ni son loables por su perfección. Entiende Martín Hidalgo que el héroe pocas veces se hace a sí mismo, sino que es la sociedad quien lo convierte en héroe. «Héroe podemos ser todos, porque en nuestra actitud ante la vida hay algo ciertamente heroico».

     La segunda hebra del hilo conductor es el destino. Martín Hidalgo apela a que toda forma de la literatura crea un destino. De ahí su consecuente decisión que La torpeza del héroe sea «una colección de relatos de ficción de muy variadas naturalezas, extensión, temática o cronología, aunque todos ellos cosidos con un mismo hilo, traspasado por una constante: el destino. Los héroes de sus relatos son presos de un destino inexorable del que es imposible zafarse».

     A los sustentos filosóficos y literarios de su propia creación, añade Martin Hidalgo, la originalidad de personajes y situaciones que jalonan sus relatos. El escritor gaditano gusta de la contraposición, del contraste en el límite del oxímoron. De ahí que en lugar del destino glorioso previsto en nuestra mente para los héroes, el de sus personajes sea casi siempre ridículo, triste o esperpéntico. Los títulos adelantan esa actitud hacia lo contradictorio, comenzando por el del propio libro; entre los títulos de los relatos, Victoria condenada, El mimo inquieto, El ignorante autodidacta, persisten en esa idea de adelantar con el título su personal visión sobre los héroes. Pero es en el primer párrafo de El ignorante autodidacta donde confluyen explícitamente todos los elementos relatados que dan carácter al libro:

La relación de Markus Freimann con el conocimiento fue como la de cualquier hombre respecto al útero materno, un lento y tortuoso distanciamiento, una separación final. No pudo ser nada, salvo el destino, lo que hizo que Markus tuviera aquella vida tan propia, tan única; esos extravagantes deslices de la Providencia. Y quizás lo más inverosímil de todo, quizás lo más heroico, es que él nunca fue consciente de su insólita singularidad. Eso hubiera requerido cierta reflexión, algo de pensamiento, ocupaciones que Markus, desde bien temprano, había evitado en la medida de lo posible. Redujo el raciocinio a sus mínimas necesidades, solo lo estrictamente requerido por una sencilla y finalmente esperpéntica existencia. Alrededor de los once años, Markus Freimann decidió no volver a aprender nada. (pág. 131)

     Una de las características del libro es que pocas veces sitúa la acción en territorio propio, -ni en Cádiz donde vive, ni siquiera en España-, sino que las narraciones están enmarcadas por la pluralidad geográfica que emana de las vivencias personales del autor, como en el delicioso y romántico relato El abrigo que ubica en Edimburgo. En general son territorios urbanos, imprecisos e indeterminados en muchos casos. Es la visión de un joven urbanita, sensible y juicioso, que aprehende de un paisaje de perfil cosmopolita lo que precisa para el decir de las personas y de sus héroes, porque Martín Hidalgo aquilata los elementos de ubicación, tanto como las palabras para conectar al lector con la situación. Tomemos como ejemplo el vigoroso trazo de inicio en Paz se levantó tarde:

Paz se levantó tarde, un calcetín al revés, el pelo enredado (pág 139).

     Una frase con elipsis significativas que adelanta al lector hacia el descubrimiento de las razones de una noche diferente a las demás. Aunque el lector degustará de otras sentencias de auténtica clase como «Los fotógrafos somos asesinos del tiempo, aplicados taxidermistas», o, «La memoria es muchas veces una arqueóloga tramposa» con las que cincela el marco de sus virtudes como escritor de oficio y altura, deudoras en cierto modo de sus maestros, como el gran Borges a quien rinde homenaje en el relato Nudo borgiano.

     Los lectores apreciarán sin duda la fuerza de la tragedia descrita en el primer relato, Victoria derrotada, que constituye uno de los más impactantes en el recorrido emocional por el que nos conduce el escritor gaditano. Hay que señalar la variedad de registros emocionales que pulsa en la escritura de La torpeza del héroe. En un extremo, la candidez y simpleza que perfila con un relato en el límite del cuento infantil Alba al alba ¿una nana infantil?:

Alba no tenía padres. Su abuelo Bruno la encontró un día de primavera mientras ella se concentraba en el olor de un jazmín. Bruno nunca había tenido hijos, pero como era ya muy viejo y ella una niña pequeña, decidió ser su abuelo (pág. 67).

     En el otro extremo, el tono poético, intimista y apasionado de un dúo de relatos que comienza en Ya no escribiré más tu nombre (I):

Porque te vas, sí, te vas, para volver seguramente, pero dejando atrás ese helado aliento, esa siempre última vez, como una estancia de parálisis, de espeso silencio. Eso dejas cada mañana atrás, un rastro de olor apagado en las sábanas, un rostro repetido en los espejos. Y la luz entrará entonces como un milagro de cristales convexos, iluminando tu ausencia, multiplicando tus pisadas. Volverás, o no (pág 71).

que incrementa aún más su lirismo en su continuación, Te pierdo (II) –:

Te pierdo en el parpadeo, en los bostezos. Cuando me desperezo te estoy echando de mí, deshaciéndome de tu último abrazo (pág 73).

(avanzo que remata el relato-poema bipartito con un párrafo de antología amorosa).

     Son relatos estos ubicados en la parte central del libro, donde renuncia voluntariamente a mantener la tensión del relato con historias sorprendentes, como si tomara un necesario reposo en el divagar de sus héroes por las páginas del libro, por el que transitan personajes tan peregrinos como el contable enamorado de una máquina (en Al fin una historia de amor), o te sumerge en la extraña belleza de un excelente Thrill is gone y donde bucea en fuentes del realismo sucio, con la voz en primera persona y la música de jazz como telón de fondo. En ese recorrido emocional, sus relatos se perfilan como una continua reflexión sobre la condición humana, en ocasiones a través de héroes trastornados como Santos Ragel, en Ídola Morbus:

Santos Ragel descubrió desde bien pequeño el placer de generar rumores (…) A los rumores les ocurre lo mismo que a las bombas, no es tanto el explosivo en sí, sino su onda expansiva. Santos aspiraba a ser el hombre invisible que lanzara la granada, el sujeto omitido de esas frases que siempre le costaron en clases de sintaxis. (pág. 23)

o como Félix, en Félix se dejó morir donde relata la absurda “extinción” motivada por absurdas creencias llevadas a extremo.

Su letal elección no había sido por generación espontánea, sino la última detonación tras un largo proceso de ingenuas creencias y homicidas contradicciones. Quizás todo comenzó con la objeción de conciencia y las marchas contra la incineradora. Tal vez en la acampada por el 0.7% o en aquel idolatrado viaje a la India (pág. 144)

     Un detalle de la vigilante actitud y crítica del joven autor ante las incongruencias y sinsentidos de fenómenos que afectan a nuestras vidas. Esa mirada crítica afecta al mundo del trabajo y las empresas -hay diversos apuntes en todo el libro-, pero es en La certificación donde el relato pone a los empresarios en el centro primario de su mirada entre burlas y veras. La actitud crítica de Martín Hidalgo también observa fenómenos como el auge de las redes sociales y los convierte en un curioso relato, Román Cienfuegos poet@ virtu@l, donde lanza dardos en muchas direcciones.

     Hay tantas lecturas de un libro como sus lectores y probablemente coincidan conmigo en situar determinados relatos en el ápice de gozo literario -algunos de ellos se han citado ya-, pero no le van a la zaga en hondura literaria y humana otros relatos – Ojalá nos trataran como animales, Coco perdió la cabeza, Triste destino el de Marcel- donde el lector se confortará sin duda con la escritura de Martín Hidalgo.

     Él percibe que el destino de su escritura no es precisamente la publicación, así lo afirma, pero se agradece el descubrimiento de su prosa a través de su primer libro publicado, en el que vierte pasión literaria y profundidad filosófica.

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