DIFICULTADES PARA EL ESCRITOR

Anaïs Vera

Buceo en la red de redes con el objetivo de informarme sobre las dificultades de otros para escribir y me reconforto. “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Puede que sea tonta, pero no puedo evitar consolarme; un consuelo neutro, eso sí: ni me alegro, ni me entristezco. Dicho de otro modo, sentimientos opuestos se anulan entre sí para dejarme el corazón entre compungido y exultante.

La traza de la navegación por la red todo-lo-sabe descubre la verdadera naturaleza del proceso de escribir, arduo y penoso. Ningún escritor está contento, pero todos seguimos en la brecha. ¿Realmente, escribir es un placer?

Pero la sangre, mi sangre, no llega al río; quizá porque aún no me he planteado escribir para sobrevivir, ¿quién puede vivir de su pluma en este mundo? Sólo los afortunados. Queda siempre el consuelo del azar; que alguna vez la varita mágica te toque, siquiera de refilón, se produzca el milagro y viva como escritora. Ni me permito este sueño, aunque la ilusión define mi instalación permanente en la decepción. Se supone que como escritora soy, en esencia, una optimista; pero lo fui, justo hasta el momento que me planteé ser escritora.

No soy ambiciosa, ni pretendo vivir de este oficio. Mi problema es otro: cómo vivir sin romperme en pedazos en mi intento de ser escritora. Perdón, una gran escritora. Estoy harta de consejos prácticos, del tipo “cómo enfrentarse a la página en blanco”. Son consejos que valen tanto como las recetas de cocina: para perderse en un montón de palabras gastadas, diría Serrat; para desfilar en el ejército de los mediocres, digo yo. No puedo evitar pensar que somos demasiados los que aspiramos a ser escritores, buenos y brillantes; pero las musas no pueden repartirse entre tantos…

La escritora Michelle Huneven, otra optimista bien informada, remata mi discurso negro-sobre-blanco: El trabajo de escritora es difícil; es difícil al principio de la obra, difícil a la mitad y difícil al final. Adicionalmente, una vez que consigas finalizar tu obra, te asomarás a otras dificultades que entran en el capítulo de las “Dificultades para publicar”.

Es el comienzo de su “Decálogo de dificultades para escribir” presentado en Writing Workshops LA: The Conference (28 de junio de 2014) del que expongo uno de sus puntos:

La mayoría de los libros son relatos de cómo la gente se complica la vida y luego se escapan de los problemas. En cierta forma, también esto es válido para los escritores. Cuando alguien se propone comenzar un cuento, o una novela, o un ensayo crítico, pronto se da cuenta que se ha complicado la vida. Aunque se pueda uno sentir avergonzado, hay que reconocer que el escritor se mete motu proprio en el tema. Solo sabe que tiene que completar el trabajo, pero sin estar seguro de cómo salir del embrollo. Hay que tener presente que, cuando uno trate de salir de este agujero, llevará su tiempo; lo que agravará la aflicción –léase: dudas, frustración y la consciencia de ir al límite de las posibilidades personales-. Se puede decir que cuando se escribe, se abraza conscientemente un problema para dar lo mejor de uno mismo.

Tengo la pócima de último recurso que recomiendan hasta los más conspicuos autores: el trabajo. No son pocos los que me animan a escribir, como si tuviera una azada en la mano y un erial delante. -Ten fe -me susurran-. También lo afirma Michelle Huneven: “Escribir es un acto de fe”. Pues qué bien; ya tengo claro que escribir es ir por el mundo “a Dios rogando, y con el mazo dando”. Puestos a creer, posiblemente debería creer a mi sicóloga que me aconseja: -Déjalo ya y dedícate a las finanzas. Vale.

Buceo en la red de redes, en la red sabelotodo, con el objetivo de informarme sobre las “Dificultades para llegar a ser una Koplowitz” y me reconforto. Mejor sigo escribiendo

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