¿ESCRIBIR UNA ESCENA DE SEXO? Y POR QUÉ NO...

Anaïs Vera

Si se tiene en cuenta el consejo habitual a los escritores de que escriban sobre lo que conocen, y a la vista de los libros realmente publicados, parece que mucho de los aspirantes a ser grandes escritores han disfrutado una vida en prudente celibato. Las escenas de sexo en los libros brillan por su ausencia, excepto en la literatura erótica. Sin embargo, no sólo este género puede incluir escenas de sexo; aunque sea ocasionalmente, un escritor puede desear escribir –o deber escribir- unas páginas donde predomine el sexo. Pero, en ese caso, se plantea el problema para un escritor no especialista en el género erótico: ¿cómo hacerlo? ¿en qué modelos inspirarse? ¿qué vocabulario es conveniente utilizar?...


En primer lugar, hay que tener un principio básico: el escritor no debe recurrir a la escena de sexo como ingrediente, sino que debe saber en qué momento de un texto viene a cuento una escena erótica, no necesariamente de cama. Como dice Andrés Rivera: «Hay un momento en que los personajes van a la cama o no van, pero por la circunstancia de ese momento el erotismo les roza la piel. No es necesario el sexo explícito, quizá apenas una mirada, las palabras que se dicen o se dejan de decir. Cuando se disipa, los protagonistas de ese clima no saben qué pasó.» El aspecto más importante de una escena de sexo es que encaje en la historia y que tenga un propósito en la "visión global" del argumento de tu novela.


Conviene entonces preparar a conciencia la escena, con las instrucciones – sirven en realidad para preparar todo el texto del relato- sugeridas por la escritora Kateryn Kelley:
1) Conoce a fondo los personajes principales del relato, sin precipitarse a escribir el texto; sus pensamientos y sus decisiones son lo que hacen avanzar la historia. Para ello, registra las respuestas a las preguntas del tipo: qué le gusta, qué le disgusta, qué esperanzas tiene, a qué le tiene miedo, etc.
2) De cada uno de los personajes principales, determina la meta (lo que el personaje quiere), la motivación (por qué lo quiere) y el conflicto (aquello que evita que el personaje llegue a su meta). Estos tres elementos gobiernan toda acción de los personajes en el relato, incluyendo la decisión de tener relaciones entre ellos.
3) Diferencia el conflicto interno de los personajes de su conflicto externo, para que puedas separarlos. Uno de estos conflictos, o ambos, podría tener impacto sobre los pensamientos y la conducta de los personajes durante una escena de sexo, de manera que es importante definir los conflictos antes de escribir la escena.
4) Determina de qué manera la escena de sexo aumentará el conflicto entre los dos personajes principales. En general, cuando dos personajes tienen relaciones sexuales, se involucran algo más en la historia del relato: puede generarse un conflicto o algo de sí mismos corre riesgo. Se debe pensar entonces en las formas en que la escena aumenta las expectativas del lector sobre la historia.
5) Resuelve cómo van a reaccionar tus personajes al volverse lo suficientemente vulnerables con el logro de la intimidad del otro. Según cuál sea el conflicto interno que se les haya creado, este momento de la historia podría ser de suma importancia.


Una vez que se siente la necesidad de incluir una escena de sexo y preparada esta con las instrucciones previas, procede centrarse en la forma de plasmarla en palabras. En ese sentido, hay dos enfoques extremos rechazables: por un lado, escribir de manera poética y metafórica. Por otro, darle forma descriptiva al máximo, como si la literatura fuese la mera escritura de una sucesión de hechos. Santi Pérez Isasi, detalla más opciones en su blog (https://comounlibroabierto.wordpress.com/2010/08/20/como-escribir-una-buena-escena-de-sexo/)

  • La elipsis: Es muy habitual, también en las películas. En el Quijote hay un ejemplo precioso de elipsis de escena de sexo: «y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo».
  • La solución metafísica: aunque se trata de una escena de sexo, se habla de todo, menos del sexo. Se describe lo que las personas implicadas piensan, sienten, imaginan; de sonidos, olores, colores; o lo que supone para cada uno de ellos en sus vidas, pero no de lo que las personas tienen entre las piernas ni lo que están haciendo con ello.
  • La solución metafórica: es para mi gusto la peor opción. Hablar de “torres del amor” o “cuevas secretas” es cursi, absurdo y pasado de moda. En esta opción, los orgasmos siempre son espectaculares y espontáneos, y los cuerpos, perfectos y armoniosos.
  • La opción anatómico-científica o describir lo puramente físico. Conseguir que una escena así no caiga en lo vulgar, lo repetitivo o lo pornográfico tiene mérito.


In medio virtus se suele decir, los escritores no deben temer la inclusión de los detalles prácticos y dar realismo a la escena, más que intentar oscurecerla con metáforas. Básicamente, la forma de escribir una escena de sexo depende de cómo se haya construido el personaje. Los lectores tienen que comprender qué quieren los personajes y conocer sus emociones. Como expone Pérez Isasi: “las mejores escenas de sexo de la literatura actual combinan las opciones anatómica y metafísica, es decir, no renuncian a hablar de los cuerpos y sus equipamientos anatómicos, pero tampoco se limitan a eso, y así multiplican las dimensiones del sexo: físicas, sentimentales, narrativas, filosóficas, humorísticas…”


"Muchos de los escritores no tienen suficiente confianza para escribir sobre lo que realmente ocurre en la escena. Se dedican a hablar de otras cosas, como si las estrellas estuvieran explotando encima de los personajes, en lugar de hablar de lo que realmente sienten y de sus emociones"—dice Lilly Harlem, escritora especializada en literatura erótica— "Tienes que meterte dentro de la mente de los personajes, y el diálogo es muy importante, ya que muy rara vez la gente tiene sexo en silencio. Lo que los personajes se dicen uno al otro puede ser tan sexy como lo que hacen”.


Puestos en materia, hay que atender detalles en absoluto minúsculos, como los descritos en el divertido artículo de Delilah Dawson y sus 25 reglas. No olvidemos lo esencial: escribir sobre sexo, te hace sentirte con más poder…

DIFICULTADES PARA EL ESCRITOR

Anaïs Vera

Buceo en la red de redes con el objetivo de informarme sobre las dificultades de otros para escribir y me reconforto. “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Puede que sea tonta, pero no puedo evitar consolarme; un consuelo neutro, eso sí: ni me alegro, ni me entristezco. Dicho de otro modo, sentimientos opuestos se anulan entre sí para dejarme el corazón entre compungido y exultante.

La traza de la navegación por la red todo-lo-sabe descubre la verdadera naturaleza del proceso de escribir, arduo y penoso. Ningún escritor está contento, pero todos seguimos en la brecha. ¿Realmente, escribir es un placer?

Pero la sangre, mi sangre, no llega al río; quizá porque aún no me he planteado escribir para sobrevivir, ¿quién puede vivir de su pluma en este mundo? Sólo los afortunados. Queda siempre el consuelo del azar; que alguna vez la varita mágica te toque, siquiera de refilón, se produzca el milagro y viva como escritora. Ni me permito este sueño, aunque la ilusión define mi instalación permanente en la decepción. Se supone que como escritora soy, en esencia, una optimista; pero lo fui, justo hasta el momento que me planteé ser escritora.

No soy ambiciosa, ni pretendo vivir de este oficio. Mi problema es otro: cómo vivir sin romperme en pedazos en mi intento de ser escritora. Perdón, una gran escritora. Estoy harta de consejos prácticos, del tipo “cómo enfrentarse a la página en blanco”. Son consejos que valen tanto como las recetas de cocina: para perderse en un montón de palabras gastadas, diría Serrat; para desfilar en el ejército de los mediocres, digo yo. No puedo evitar pensar que somos demasiados los que aspiramos a ser escritores, buenos y brillantes; pero las musas no pueden repartirse entre tantos…

La escritora Michelle Huneven, otra optimista bien informada, remata mi discurso negro-sobre-blanco: El trabajo de escritora es difícil; es difícil al principio de la obra, difícil a la mitad y difícil al final. Adicionalmente, una vez que consigas finalizar tu obra, te asomarás a otras dificultades que entran en el capítulo de las “Dificultades para publicar”.

Es el comienzo de su “Decálogo de dificultades para escribir” presentado en Writing Workshops LA: The Conference (28 de junio de 2014) del que expongo uno de sus puntos:

La mayoría de los libros son relatos de cómo la gente se complica la vida y luego se escapan de los problemas. En cierta forma, también esto es válido para los escritores. Cuando alguien se propone comenzar un cuento, o una novela, o un ensayo crítico, pronto se da cuenta que se ha complicado la vida. Aunque se pueda uno sentir avergonzado, hay que reconocer que el escritor se mete motu proprio en el tema. Solo sabe que tiene que completar el trabajo, pero sin estar seguro de cómo salir del embrollo. Hay que tener presente que, cuando uno trate de salir de este agujero, llevará su tiempo; lo que agravará la aflicción –léase: dudas, frustración y la consciencia de ir al límite de las posibilidades personales-. Se puede decir que cuando se escribe, se abraza conscientemente un problema para dar lo mejor de uno mismo.

Tengo la pócima de último recurso que recomiendan hasta los más conspicuos autores: el trabajo. No son pocos los que me animan a escribir, como si tuviera una azada en la mano y un erial delante. -Ten fe -me susurran-. También lo afirma Michelle Huneven: “Escribir es un acto de fe”. Pues qué bien; ya tengo claro que escribir es ir por el mundo “a Dios rogando, y con el mazo dando”. Puestos a creer, posiblemente debería creer a mi sicóloga que me aconseja: -Déjalo ya y dedícate a las finanzas. Vale.

Buceo en la red de redes, en la red sabelotodo, con el objetivo de informarme sobre las “Dificultades para llegar a ser una Koplowitz” y me reconforto. Mejor sigo escribiendo

BOOKER PRIZE SHORTLIST

Anaïs Vera

En fecha reciente se ha publicado la lista de los finalistas seleccionados para el Man Booker Prize de este año, el premio más prestigioso en el Reino Unido. Este año la convocatoria incluía la novedad de que podían participar autores de otras nacionalidades, siempre y cuando escriban originalmente en inglés. Dos norteamericanos (Joshua Ferris y Karen Joy Fowler) inauguran la posibilidad de ser elegidos.

El proceso de selección se inició con 154 novelas que pujaban por hacerse con el premio. Centenar y medio de títulos que abarcan un amplio espectro de temas, incluidos los científicos, situados en el presente y futuro de nuestra civilización. Una primera selección redujo los competidores a trece y tras la penúltima fase, de la que damos cuenta, los jueces pasaron exactamente tres horas y 40 minutos (utilizaron el cronómetro de Ion Trewin) para recortar la lista de 13 títulos hasta los seis finalistas, con pesar y tristeza por tener que dejar fuera siete meritorios títulos.

En la conferencia de prensa para anunciar la "shortlist", los jueces dieron su versión sobre cómo llegaron a esa decisión y sobre cómo perciben el estado actual de la narrativa contemporánea en lengua inglesa. En primer lugar, tanto Ion Trewin, director literario de la Fundación Booker Prize, como el filósofo inglés y profesor de la Universidad de Londres, A. C. Grayling, presidente del jurado, manifestaron que la elección de los novelistas estadounidenses no ha sido premeditada ni forzada de ninguna de las maneras. “La nacionalidad de los autores fue irrelevante durante la discusión del jurado” -dijo Trewin.

Las obras seleccionadas son las siguientes:

To Rise Again At a Decent Hour de Joshua Ferris

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El escritor británico Jonathan Bate, especialista en la obra de Shakespeare, argumenta que la novela de Ferris es una obra mordaz que nos hace reir y pensar a la vez.
Joshua Ferris es un escritor maduro, no sólo porque haya superado los cuarenta años de edad, sino porque se ha consolidado como uno de los mejores escritores americanos de la renovación generacional. No se preocupa especialmente ni de la trama ni del contexto en que se desarrolla, sino de cómo los personajes reaccionan ante la oscuridad de la existencia. La novela se centra en un eficiente y exitoso dentista que ve en los dientes un espejo de la fugacidad de la vida y la muerte como final seguro. Ferris supera con éxito el gran reto de transmitir la intensidad de las manias de un narrador maníaco-depresivo evitando el tedio en el lector.  

The Narrow Road to the Deep North de Richard Flanagan

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Richard Miller Flanagan, nacido en Tasmania en 1961, es uno de los más reputados escritores de Australia en la actualidad.
Su novela se centra en la crueldad humana que se aplica en nombre de una causa. Describe un episodio singular de brutalidad humana: la construcción en los años 40 del Ferrocarril de la Muerte en Tailandia sometida al Imperio Japonés. Los británicos habían intentado conseguir esa ruta, pero sucumbieron ante la jungla impenetrable, pero cuando invadieron el país los japoneses utilizaron 300.000 prisioneros, en condiciones penosas, para hacer posible lo imposible. El padre de Flanagan fue uno de los supervivientes de esa atrocidad, que se llevó la vida de más de 12.000 prisioneros aliados.  

The lives of others de Neel Mukherjee

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Neel Mukherjee es un escritor indio, aunque su formación literaria se consolidó en las universidades inglesas de Cambridge e East Anglia.
Grayling describe esta novela como un informe épico de los acontecimientos familiares. Mukherjee sitúa la acción de la novela en la familia Ghost, en la Calcuta de los años sesenta. El nieto mayor, Supratik, trabaja secretamente como afiliado al partido comunista para levantar a los campesinos contra los propietarios. Las cartas de Supratik a un receptor anónimo forman uno de los hilos de la narración. La otra es el intrincado recuento de sucesos y relaciones personales que ocurren entre los moradores de los pisos que forman la casa de la familia Ghost. Uno de los grandes talentos de Mukherjee es precisamente para imaginar la vida de los otros y transporter al lector con él.  

How to be both de Ali Smith

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Sarah Churchwell, profesora de Literatura Americana en la Universidad de East Anglia, resalta la resistencia de esta obra para su categorización, aunque se caracteriza por la imaginación desbordante y la consolidación del arte.
Ali Smith enfrenta al lector con la ambigüedad, la ambivalencia, y la doble esencia, superficial y oculta, que puede cruzarse en nuestras vidas. Androginia, ocurrencias, humor, historia, arte y sarcasmo se mezclan en una historia originalmente trazada. Para ello se imprimen dos partes, en tomos diferentes, idénticamente numeradas. Dependiendo de la versión que elijas, se leerá la historia de George (equivale a Georgia, pero el lector no se da cuenta hasta muy avanzado el libro) o del Cossa, mujer que oculta su sexo bajo el disfraz masculino por decisión de su padre  

We Are All Completely Beside Ourselves de Karen J. Fowler

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La veterana escritora Karen Joy Fowler, que se ha desenvuelto de forma admirable en géneros diversos, se distingue aquí con una novela inteligente y gustosa. La que fuera editora literaria de The Times, Erica Wagner, miembro del jurado, considera la novela de Karen J. Fowler como un ejemplo de profunda sofisticación en la escritura.
La novela se centra en el auge de la psicología conductista de los años 70 en Estados Unidos, al amparo de la figura del psicólogo Skinner y sus programas de refuerzo conductual en los animales. Fowler expone las contradicciones de ese modelo con la historia de Rosemary que fue criada con un chimpancé como hermano gemelo.

J de Howard Jacobson

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El escritor Howard Jacobson, conocido por la comicidad de sus novelas, presenta en J una obra sin pizca de humor y en clave apocalíptica. Es un narrativo sobre “lo que sucedió, si hubiera ocurrido”, que pone su punto de mira en la distopía ficcional y futura ubicada en las islas británicas, que se recuperan de otro Holocausto.
El neuro-científico Daniel Glaser destaca que el jurado aprecia la singularidad de esta obra, en la que se dicen cosas que se apartan del discurso políticamente correcto.
El próximo 14 de octubre se anunciará el ganador del premio, dotado con 50.000 libras esterlinas.

Cómo hacer llorar al lector

Jesús Varela

El ser humano llora. Incluso los hombres, generalmente menos emocionales. El elemento diferencial entre los humanos y los animales es el llanto „provocado por razones emocionales o como respuesta a una experiencia estética”. ( Michael Trimble en Why Humans like to Cry: The Evolutionary Origins of Tragedy (Oxford Université Press). Desde el punto de vista biológico, el líquido acuoso que forma las lágrimas es necesario para mantener húmedo el glóbulo ocular y protegerlo de infecciones; como en otros animales. Aunque, en el hombre las lágrimas ayudan a eliminar del organismo las sustancias químicas estresantes. Pero llorar es algo más: sirve como estrategia comunicativa para señalar el peligro, el miedo y el sufrimiento.

El neurocientífico británico asocia la evolución en las estructuras cerebrales la capacidad de llorar . „el humano comenzó a tener conciencia de sí mismo y de la muerte mucho antes que desarrollase el lenguaje lógico“ de forma que determinados circuitos cerebrales quedaron implicados en las conductas sociales. Las lágrimas son una respuesta natural no sólo al sufrimiento, sino también como sentimiento de compasión hacia los demás; „nuestra habilidad para sentir empatía y llorar con ella, es el fundamento de la cultura y la moralidad que son propiedades exclusivamente humanas“, afirma M. Trimble.

La empatía y la moral son fruto de esta evolución, pero en su grado más elevado ha favorecido la intervención de otros factores, como los recuerdos y el estado anímico de las personas. En algunas personas, determinadas expresiones artísticas -música, pintura, poesía- provoca el llanto emocional, una reacción minoritaria propia de personas con estructuras límbicas muy desarrolladas.

La música, la literatura y la poesía son,las expresiones artísticas más directamente relacionadas con el llanto emocional, aunque es una reacción minoritaria propia de las personas con estructuras límbicas muy desarrolladas. Todo ello sin menospreciar la intervención de otros factores, como los recuerdos o el estado anímico. “Las formas artísticas con más fuerza emotiva son las que nos promueven el sentimiento de tristeza”.

Hay muchas referencias a lágrimas de hombre en las culturas griega y romana de la Antigüedad. En La Ilíada de Homero, no hay conflicto entre las cualidades heroicas de Ulises y la inclusión de muchos episodios de llanto motivado por el recuerdo del hogar, de los seres queridos y de los compañeros caídos. Hasta la época moderna, era habitual la asociación del llanto en el hombre por temas bélicos y la consecución de los ideales, mientras la asociación con las mujeres era por las relaciones románticas y platónicas o por sentimientos de tristeza, soledad o frustración.

Nadie debería avergonzarse por llorar cuando lee un libro, es sólo una prueba de que la pieza le ha tocado emocionalmente. Pero ¿cómo consiguen los escritores que sus lectores lloren? Es decir, ¿por qué algunos libros no arrancan una lágrima de quien lo lee? Algunos libros parecen configurarse para que el lector tenga una buena sesión de llanto, pero no tienen éxito. Puede haber una variedad de razones para esto, pero la mayoría de las veces el problema radica en los personajes que experimentan el dolor de la situación emocional. Si el autor escribe la emotiva escena desde un punto de vista que sitúa al personaje fuera del dolor, o que se siente desconectado de los acontecimientos, el lector tendrá dificultades para conectar con las emociones de la situación. Otras veces un personaje podría ser emocional, pero el lector no lo siente auténtico y fracasa el propósito del escritor. Es difícil escribir un duelo a menos que se haya experimentado la pérdida por sí mismo y una narración ficticia de las emociones experimentadas por el personaje no puede arrancar lágrimas de un lector.

J. J. Mcconachie propone al potencias escritor tres estrategias para hacer llorar al lector:

Sensación de pérdida o padecimiento. En particular, cuando un personaje principal muere o padece. Si el autor ha logrado crear una fuerte relación entre el lector y el personaje, si los conecta emocionalmente, los padecimientos y pérdidas se sufren como si fueran a uno mismo. Por ejemplo, si un personaje pierde a uno de sus padres, aunque estos no tengan un papel importante en la historia, sentimos las emociones del duelo porque estamos conectados emocionalmente con el personaje principal.

Presagio. Se configura la narración de forma que el lector pasa todo el tiempo preocupándose por el triste suceso que acontecerá con seguridad. Cuando ocurre, el llanto es una liberación catártica, una forma de dejar salir toda la emoción reprimida.

Sucesos inesperados A veces, un evento que normalmente no nos afectaría puede ocurrir en una narración como un suceso inesperado y producir en el lector un choque emocional. La sorpresa puede surgir porque no había presagio alguno del suceso, o el presagio era tan sutil que el lector no se da cuenta de lo que significaba hasta después de ocurrir el evento.

Sucesos tristes de la vida cotidiana. Esta es probablemente la técnica más difícil para un autor, ya que sólo hará que ciertos lectores lloren. Sin embargo, todos hemos sufrido pérdidas y dolor en algún momento, y puede que ciertas situaciones de la narración nos haga revivir las mismas emociones.



In Memoriam: Ana Maria Matute

Jesús Varela

“La literatura ha sido el faro salvador de muchas de mis tormentas” dijo en el discurso de entrega del premio Cervantes, que recibió en 2011. La autora catalana ha muerto el 25 de junio de 2014, a los 88 años de edad, tras muchas tormentas vitales desde la experiencia de la guerra civil española a los once años de edad, hasta la muerte del gran amor de su vida, pasando por una separación matrimonial que le privó de su único hijo, consecuencia de las leyes franquistas que otorgaba la tutela del hijo a su marido.

En 1988 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, en 2007 el Premio Nacional de las Letras Españolas, y en 2011 el Premio Cervantes. En 1984 ingresó en la Real Academia Española y su discurso de ingreso constituye una exposición de su ideario literario. Como homenaje a la gran dama de la literatura española que nos acaba de dejar, a la maga del bosque, como le gustaba llamarse a sí misma, reproducimos el texto de su discurso

"En el bosque"

Defensa de la fantasía por Ana María Matute
Discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua



Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar discursos. Apelo, pues, a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la única razón por la que he llegado hasta aquí: yo soy una contadora de historias.Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación en la literatura, que son para mí algo tan vital como el comer y el dormir, y que opongo a la aridez de la actitud que tan a menudo nos rodea, que se niega a ver la dimensión espiritual de lo material.

Así, es mi intención invitaros, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el «bosque» que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra.

Y desearía hacerlo bajo la invocación de «Alicia en el país de las maravillas», con los siguientes versos:

«Recibe, Alicia, el cuento y deposítalo
donde el sueño de la Infancia
abraza a la Memoria en lazo místico,
como ajada guirnalda
que ofrece a su regreso el peregrino
de una tierra lejana».

 

El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos.

Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad. Desearía, pues, exhortaros a participar, durante el breve tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño.No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en éste.

Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo. Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí. Su mera imagen siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o escondidos en la espesura de los zarzales.

Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. «Cuando yo sea mayor –pensaba– haré esto». Ni siquiera sabía que «esto» era participar del mundo imaginario de la literatura.

Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra «bosque» en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque –misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente– encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el credo por las palabras.

Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán.

Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba.

Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez.

Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la primera historia contada. Es la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar

Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente.

De la oscuridad surgía, gracias a las fantasías y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía, porque los llamados «cuentos de hadas» no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos:historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas «polìticamente correctas», porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos.

Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas.

Pero en esas leyendas, en aquellos «cuentos para niños» –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen,Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo– se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana.Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano. (...) No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo. Tenemos que pensar que de alguna manera aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres que pisaron reciamente sobre el suelo y que hicieron frente a la brutalidad y a la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo...

El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada. No seamos tan descreídos, no tanto como para imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos encontrarnos, al final, con las manos vacías. No olvidemos que el diablo entra en todos los conventos, que Dios reside en todas las criaturas vivas del mundo, que la palabra descubre, desentierra del olvido o de la indiferencia futura aquello que nos hace distintos de las bestias.

Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones..., porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad.

Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana.

Porque escribir, para mí, ha sido una constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí, hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente, pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre cuando escribo.(...)

Porque escribir es, qué duda cabe, un modo de la memoria, una forma privilegiada del recuerdo; yo sólo sé escribir historias porque estoy buscando mi propia historia, porque acaso escribir es la búsqueda de una historia remota que yace en lo más profundo de nuestra memoria y a la que pertenecemos inexorablemente.

Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido.

La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor.

Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad. Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro «yo» más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra «semejante», que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra «otro». Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito.

Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos.

La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, que sencillo y verdadero. Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse «tú» o «yo».

La palabra «hermano», la palabra «miedo», la palabra «amor», son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo.Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar.

Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar.Porque las palabras –lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de «Alicia»–: «Invaden un País de Maravillas... / Es como ir por un caudal corriendo, / Ligero y tan fugaz como un destello...»

Porque «La vida, dime: ¿es algo más que un sueño?»

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