María Ángeles Martínez, ODN

Aquí, a mi lado, Eduardo Martínez Rico, licenciado en Filología Hispánica, doctor en Filología. Ambos títulos por la Universidad Complutense de Madrid. Escritor, y ya con muchos libros publicados, cuyos nombres encontrarán en la solapa de la novela que vamos a presentar.

Nos une el parentesco, es hijo de mi hermano Nicolás, ya en la nueva vida en Dios, y es nieto de mi queridísimo padre, Don Carlos Martínez. Además de este parentesco, nos hermanan gustos, curiosidades, EL AMOR A ESTE PUEBLO ENTRAÑABLE, "porque este pueblo tiene alma, tiene paisaje, tiene historia, tiene tradiciones…", pero sobre todo el amor a la lectura y a la escritura. Dialogamos muy a gusto, él un joven de esta época, yo una monja ya madura y andariega. Misionera en América Latina por 45 años llenos de fascinación, de entrega, pero sobre todo llena de agradecimiento por lo mucho que fui querida y por tantas posibilidades de ser yo misma, mujer de evangelio y escritora, mejor “escribidora”.

¿Qué deseo destacar de su última novela publicada?

1. UNA NOVELA GALLEGA. En primer lugar es una novela gallega, y mejor dicho, eumesa, una novela con un entorno especial de la ría de Ares, la entrada a Ferrol con el castillo San Carlos como se reconoce en la novela. Pontedeume con toda su riqueza histórica y paisajista. En todas sus páginas los eumeses, al leerla, yo la primera, me siento en casa, se me encoge el corazón al decir: esta es mi tierra, mi gente, el entorno que me vio nacer; sus calles, sus puentes de hierro y de piedra, la playa, la fiesta del Carmen en el muelle (cf. Confesión, p.166), la Casa del pescador, la cucaña, los botes en donde hay gozo juvenil y amoroso.

2. UNA NOVELA DE AMOR. Efectivamente, descubro también que es una novela de Amor, de amores juveniles sanos, explosivos. De una juventud con nombres propios que se nos pegan pronto: Santiago y Fernando; Laura y Marta. Las novelas de amor siempre conllevan la exaltación del eros, la explosión del sexo, del género, pero también las contradicciones de los celos, de la violencia temperamental, de las ideologías y las clases sociales. Son los conflictos que aparecen en la novela y que ya el título nos los resitúa: Confesión. Algo ocurre y estalla al inicio de la trama.

3. EL VALOR DE LA AMISTAD. Y en ese sentido quiero destacar que dentro de esos amores juveniles, se destaca algo precioso que marcará a los protagonistas: Santiago y Fernando: el valor de la amistad. Un valor que destaca desde el principio hasta el fin. Un amor realista, lleno de complicidades; una amistad que podría acuñarse con lo que dice el libro del Eclesiástico en la Biblia: “El amigo fiel es apoyo seguro, quien lo encuentra, encontró un tesoro.” (Eclo 6, 14). Jesús mismo en San Juan, va a llamar a los suyos amigos: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 12-15). Y… ”Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1 ).
(Cf. Confesión, p.41)

4. UNA NOVELA PROCESUAL. Unido a ello es una novela procesual. Hasta puede aparecer como repetitiva o reiterativa algunas veces. Es que hay escucha. Diálogo, sí, pero especialmente Santiago Leira, es un experto “en el arte de escuchar que diría en sus Ensayos Miguel de Montaigne. Él es para mí el héroe de la novela. Por su amigo en conflicto, condenado en prisión, dedica de forma perseverante toda su persona, su tiempo, a escucharlo y a acompañarlo. (Cf. Confesión, p. 402-403) Es un relato intenso que al final se descubre y hay que saborear con una segunda lectura… “Porque la palabra puede transformar la realidad, pero sólo el silencio nos transforma a nosotros mismos” (Pablo D´Ors).

5. NOVELA TRASCENDENTE. Para terminar, desde mi visión religiosa, descubro trascendencia. Pero ¿en qué sentido? ¿Cómo explicarlo?…
Quiero felicitar a Eduardo porque al ser joven ha tratado muy bien eso de hacer proceso de lo que él titula Confesión. Porque la confesión desde nuestras categorías de catequesis elemental, es puntual: un tiempo pequeño, delante de un sacerdote o en un confesonario. Se pide perdón con propósito de la enmienda y se espera la absolución final. En la novela se da a través de la escucha y del acompañamiento del amigo padre Leira, un proceso de discernimiento de la vida entera que se descubre al final del libro y que yo no lo voy a mentar ni descubrir (p. 147). 

6. UNA NOVELA DE HUMANISMO CRISTIANO. El arte de amar de E. Fromm, el arte de conversar, Miguel de Montaigne; el arte de comprender el corazón con sus contradicciones de maldad y bondad. Es la toma de conciencia de la vulnerabilidad, la finitud, de la fragilidad humana. Se destaca lo positivo, como una pedagogía, inserta en la novela, que ayuda a pensar, a comprender, a perdonar (cf. Confesión, p. 258). Porque “las personas son capaces de una bondad honda que es más que el mal intenso… en situaciones de agradecimiento, de amistad, la vida se intensifica… El mal es muy profundo, la bondad es todavía más.” (Josep María Esquirol, filósofo, Cultura, p. 22, El País, 23 de abril. En este mundo, en estas afueras del mundo, se sostiene gracias a la generosidad de la gente.

  7. En medio de toda la narración, en mi lectura personal, a mí, como mujer, me apareció esta pregunta: “¿A las mujeres que aman y sufren, qué les afecta y condiciona la vida a través de todo el relato de Confesión?” (cf. Confesión, p.258).


 ………………………

Hay un trasversal en la novela: es el valor de la perseverancia en la amistad, el saber permanecer hasta el final con el amigo. Santiago, el Padre Leira, es el verdadero protagonista de esta novela. 

DE CÓMO EL PRESENTADOR SE NIEGA A PRESENTAR EL LIBRO UN EDIFICIO SOBRE EL MAR Y LOS MOTIVOS QUE ESGRIME

Dolors Alberola
Poeta

Presentar un libro es creer en su autor, en la palabra que viene envuelta entre sus páginas, en los sueños, en este caso, de un hombre que conjuga, que igualmente conjura, verso a verso, la única palabra, amar. A veces este amar se escribe con vocales, con consonantes, lluvia cayendo sobre aquellas a modo de sonoros acentos, comas que, tal la hierba, separan varias frases y les abren paisajes en los que la sonrisa de la amada revuela como un cóndor.

Presentar un libro no es siempre leer fragmentos de sus versos, hablar de la sintaxis, del estilo, de los diferentes recursos que encierra, se puede hablar exactamente de cómo el poeta sonríe ante la musa y estaremos pintando su palabra, de cómo el poeta vive el tacto irrevocable de cada sensación y diremos la música. De cómo el propio poeta se desnace y convertido en signo habla para nosotros y estaremos leyendo más abajo quizás de algunas citas, pero yendo hacia arriba, hacia la luz más alta, hacia el alma del libro o del papel, porque el papel es siempre el continente del alma del autor y por ello es de alma,

Presentar un libro es que ahora yo me siente, por ejemplo, aquí y coja entre mis manos este Edificio sobre el mar y se licúen sus páginas y el agua os llegue a todos y os purifique el labio, la sed y hasta la orilla del delirio más alto. Y, tal vez, no os diga nada sobre lo que contiene, pero abra la caja de Pandora y, en vez de tantos males como vienen cayendo desde el mundo, se nos revierta un aire totalmente cómplice que nos empuje al aire. O quizás ni la abra, sencillamente diga, esto es el revés del espejo del mal –y os lo enseñe- entrar en él es desnudar del miedo cada cosa y dejarla desnuda como ofrenda perenne, dejarla ante los ojos como una lupa enorme que ciegue lo terrible y nos abra las manos.

Un edificio sobre el mar

Presentar un libro puede ser no hablar nunca de él, crear un clima de miedo o de sospecha hacia todo lo oculto que, al rozar el título, se convierte en deseo. Un deseo terrible de tenerlo, una sospecha cierta de que dirá exactamente lo que, sin esperar, quisiéramos leer, una tendencia inalienable a penetrar sus páginas y poseerlo entero.

Presentar un libro es lo mismo que acercarse en la noche a un lugar tan secreto que en su oscuridad se iluminen mil mundos y todos sean uno, el texto que el autor nos deja entre las manos, a modo de caricias o de droga o de pequeña muerte, y, una vez allí, no quede más razón que compartirlo, llenar la sala ahora de sílabas y sílabas que no formen los versos que contiene, pero que, a cambio, amarren, como cuerdas muy libres, vuestras manos a un mundo de poesía.

Pero no todo acaba aquí. No todo va a ser solamente la no presentación de un magnífico poemario que realmente no precisa de nada sino que basta con ser leído y degustado. También esta noche vamos a disfrutar de la enorme pericia de este poeta a la hora de la metáfora, de la musicalidad, de la comunicación, por medio de un puñadito de poemas inéditos que nos dejarán con ganas de más y, cómo no, de la maravillosa música de nuestros entrañables amigos, El domador de medusas, que, con sus acordes no solo dominarían a las propias sino también a todas las sirenas y monstruos literarios que habitan en el fondo de las aguas, el fondo inaccesible de la luz, el fondo de la matemática; pues tanto la música como la poesía no son sino variantes idílicas del número, imitación preclara de ese vocabulario de los ángeles, huellas tangibles de lo que llamamos Dios sobre la tierra.

LA LEYENDA DE MÁGICO GONZÁLEZ

Luis García Gil

 

Presentar un libro es creer en su autor, en la palabra que viene envuelta entre sus páginas, en los sueños, en este caso, de un hombre que conjuga, que igualmente conjura, verso a verso, la única palabra, amar. A veces este amar se escribe con vocales, con consonantes, lluvia cayendo sobre aquellas a modo de sonoros acentos, comas que, tal la hierba, separan varias frases y les abren paisajes en los que la sonrisa de la amada revuela como un cóndor.

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Enrique Alcina ha escrito el libro que se merecía Mágico González, leyenda balompédica de la ciudad de los tres mil años de historia, especie de bardo, de Roque Dalton meciéndose en la hierba del recuerdo. No resulta fácil explicar al mito, al futbolista impredecible que se adueñaba del balón, al indolente genio de la lámpara que lo mismo firmaba una tarde de gloria que sesteaba en una esquina del vetusto Carranza para desesperación de los aficionados. Yo también estuve allí y la realidad y la fantasía se entremezclan de manera inevitable.

Sobre Mágico hay también mucha novelería, gente que lo ensalza sin haberlo visto jugar, con tendencia a la hipérbole y a la desmesura. No era Maradona ni siquiera Zico pero tuvo condiciones para haber sido Zico y Maradona juntos. Algo de eso dice Hugo Vaca en el libro de Alcina. El tiempo de Mágico no era precisamente el tiempo de un Carranza atestado de público, de masa social entregada. Y eso que el Cádiz solía jugar en Primera División y también en Segunda. Era otro Cádiz que hoy evocamos con nostalgia, un Cádiz cimentado en gente de la casa en el que convivían como dupla mayúscula de saber futbolístico Pepe Mejías y Mágico González.

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Con su poderosa escritura Enrique Alcina le canta a Mágico como si se tratara de una leyenda del rock o una leyenda del flamenco como Camarón de la Isla, su calcomanía en las tascas, ventas y tabernas de la noche infinita. El libro entra ya de lleno entre los clásicos de la literatura balompédica, que por cierto atraviesa un momento dulce con publicaciones dignas de interés, demostración de que el fútbol es más cultura que opio del pueblo.

Con Alcina hemos revivido aquella tarde inolvidable frente al Racing de Santander o aquel gol liguero frente al Barça que hubiera firmado el mismísimo Leo Messi. Hemos sentido la odisea de un futbolista único, capaz de lo mejor y también de lo peor. Porque Mágico González encarna también lo que pudo ser y no fue, el cantar de gesta ininterrumpido, la copla llovida del cielo como aquella que Zitarrosa le entregó a Garrincha, ángel de piernas torcidas.

La leyenda Mágico González es mi infancia de cromos y partidos en la calle. La prosa magnética de Enrique Alcina ha obrado el milagro de imprimir en páginas de oro la leyenda del astro salvadoreño, la verdad de sus mentiras, el rastro de sus hazañas y de sus fintas imposibles. Léanlo. No se arrepentirán.

DEL HOMO SAPIENS AL HOMO CIBORG: EL MISTERIO VENCE

Mariano Rivera Cross
Poeta, novelista y dramaturgo

(EPÍLOGO del libro EL MISTERIO de José L. Abellán)

Si precisamente nuestro ilustre autor, José Luis Abellán, desde un punto de vista literario traza en su libro, estructuralmente hablando, una línea circular en la que se une el Hombre Primitivo y el Hombre actual Postcontemporáneo a través del MISTERIO, y el DESTINO, FATUM o cualquier otra denominación lingüística para definir la INCÓGNITA DE LO POR VENIR es la gran esencia del devenir existencial, por cuanto todos los seres, sin determinación del tiempo ni del espacio, nos hemos preguntado y nos seguimos preguntando (y tal vez nos preguntemos hasta la ¿eternidad?), por qué existimos, para qué existimos y si existe la muerte total o si el alma etérea sigue existiendo, ya escapada de nuestros cuerpos, o si desde puntos de vista de fe religiosa, resucitaremos en un futuro indeterminado en cuerpo, sin duda ha de existir el Destino enmascarado en Misterio cuando hará unos ocho años conocí personalmente a José Luis Abellán en El Escorial, localidad que la convertí en mi segunda residencia cuando me prejubilé como catedrático de Literatura de Bachillerato, y hace seis años, estrechadas nuestras amistades por identidades intuitivas, accedió a escribirme el prólogo de mi libro de poemas titulado El Software de la Inmortalidad (cuando él mismo en dicho prólogo asegura no haber hecho nunca prólogo a libros de poesía), argumentando en el mismo prólogo que accede a escribirlo porque considera que El Software de la Inmortalidad, más que un libro de poesía, se trata de un manifiesto,... manifestación suprema de modernidad, enmarcándola en lo que la modernidad puede tener en nuestros días de “contemporaneidad o “postcontemporaneidad”.

Y digo que existe el Destino, y, por lo tanto estamos inmerso en el Misterio, porque exactamente el viernes 17 de abril de 2015 le llamo al móvil para saber de sus achaques, nos citamos para el sábado 18 en el Salón de Actos de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, curiosamente en una presentación de un libro sobre Santa Teresa, con canto incluido de uno de sus poemas, y digo curiosamente por lo que tiene de experiencia numinosa los estados místicos de la poesía en la Santa -a la que alude José Luis Abellán en este libro-, y la concomitancia con mi libro de poemas El Software de la Inmortalidad. Y, tras el acto, ante una clara de cerveza y una copa de vino, me habla de su libro El Misterio, me plantea escribirle un Epílogo al que yo entusiasmado accedo por lo que representa José Luis Abellán como amigo y como uno de los mayores pensadores españoles de las últimas décadas del siglo pasado y de lo que llevamos de este nuestro siglo XXI, y a mi vez le propongo la edición en la nueva Editorial Dalya que tan generosamente está creyendo en mi obra literaria y apostando por todos los autores de solvencia reconocida, como es el caso del autor de El Misterio, y José Luis Abellán, con su sencillez y generosidad natural, accede con el regocijo de quien escribe este Epílogo.

Y es que en ambos libros, El Misterio y El Software de la Inmortalidad, cuestionamos el matrimonio de la Filosofía con las Ciencias desde las últimas décadas del siglo XX hasta nuestros días, en lo que se ha venido a llamar en la Historia de la Filosofía el Transhumanismo, por lo que tiene de jubiloso optimismo hasta el punto de argumentar en sus libros muchos de los filósofos de dicho Movimiento filosófico-cultural que en este mismo siglo XXI conoceremos el misterio de la creación del Universo e incluso del Multiverso, y, si es nuestro deseo, incluso llegaremos a conseguir la inmortalidad.

Casi todos los poemas del El Software de la Inmortalidad llevan citas, bien de filósofos y científicos Transhumanistas, bien de pensadores y científicos que cuestionan y dudan de sus argumentos y afirmaciones temerarias, y, tal como hace José Luis Abellán en El Misterio, aludo a científicos caso de Brian Greene, por su libro El Universo elegante (1999), como cita al poema titulado La Teoría de las cuerdas, tema con que cierra su libro Abellán al hablarnos del intuido hallazgo del Multiverso, «por el cual las interpretaciones sobre el lado oscuro del universo no nos permite de momento ir más lejos», y, por lo tanto el Misterio sigue siendo el mismo para el hombre de las cavernas que se preguntaba por qué el dios sol sale y se esconde todos los días, que para el hombre actual que se pregunta por qué un día cruje la tierra bajo nuestros pies y representa sus dudas o su fe en una escultura de Cristo o en un cuadro expresionista. O bien el poema de El Software de la Inmortalidad, Life for sale cuya cita de Matt Ridley, Qué nos hace humanos (2003) nos cuestiona: «La especie humana no está concienciada para ser inmortal». O la alusión de Abellán en su prólogo al famoso filósofo alemán, Peter Sloterdijk (insólito pero cierto, capaz de vender millones de ejemplares de su libro Normas para el Parque Humano, 1999), en cuanto al hecho de definir el puesto del Hombre en el Cosmos, su defensa de la manipulación genética de los humanos y la aseveración de que la Ciencia ha sustituido a la Filosofía, en clara correspondencia con las citas de tres de mis poemas, cuyos títulos aluden a los adelantos de la Biología Genética, Dolly se presenta en sociedad, Wolfciber y los cincos cerditos clónicos y La ratona Cumulina, todos ellos con citas de Peter Sloterdijk, tomadas de sus libros Experimentos con uno mismo (2003), Crítica de la razón cínica (1983) y Extrañamiento del mundo (2001).

Y, para acabar, porque un Epílogo es conclusión de conclusiones, la correspondencia del libro que nos ocupa, El Misterio, con El Software de la Inmortalidad, al hacer referencia de manera directa o figurando como contenido de las Notas a final de los capítulos, a otros muchos filósofos-científicos del Transhumanismo, caso de Joseph Weizenbaum, La frontera entre el ordenador y la mente (1977), El poder de la computadora y la Razón Humana (1976), o el optimismo de Ray Kurzweil en La era de las máquinas espirituales (1990), o la anulación del tiempo físico por Peter Lynds, al que alude Abellán en los capítulos VIII y IX de la II Parte, La ciencia como nuevo paradigma y El Modelo Estándar: descubrimiento del bosón de Higgs, y es cita del poema del libro El Software de la Inmortalidad: «La flecha del tiempo no existe». Peter Lynds afirma en su famoso artículo publicado en Foundations of Physics Letters que los cuerpos no pueden tener una posición relativa determinada, ya que, si la tuvieran, no podrían estar en movimiento permanente. Según él, la flecha del tiempo no existe: son los procesos cerebrales asociados a la conciencia los que fijan para nuestra percepción los cuerpos en el espacio y en el tiempo. Mas por qué molestar, hincarle tantos alfileres al Misterio, cuando es base de la existencia de nuestro espíritu, (y maravillosamente puede que lo sea hasta la perpetuación de la especie), y ha permitido que en las postrimerías de nuestras vidas, «con un pie ya en el estribo», como diría nuestro genial Cervantes, el destino se haya confabulado en unir en amistad al ilustre pensador José Luis Abellán y a un servidor, modesto escritor y poeta.

LA TORPEZA DEL HÉROE Y EL DESTINO

Jesús Varela

Déjenme no más esos instantes de viaje sin salida, ese tránsito inútil, ese salto prescindible. Regálenme la incógnita de por qué se mueven mis manos, el mapa ilegible que dejan sobre el papel. / Déjenme eso solo, mi propio misterio (La torpeza del héroe, pág. 171)

     Son las últimas líneas de un cuento-testimonio con el que Martín Hidalgo cierra su libro de relatos titulado La torpeza del héroe. Se recomienda que no pierdan la oportunidad de escuchar a Martín Hidalgo cuando habla de literatura; mejor cuando habla de sí mismo como escritor, como un torpe héroe que no puede zafarse de su compulsión por escribir. En el último episodio de su primera obra publicada, La torpeza del héroe, tras veinte relatos que componen este libro de lectura recomendada, el autor se presenta a sí mismo como uno de tantos héroes cuyas andanzas y desventuras desvela en cada uno de los relatos con la misma compasión que se autoconcede. Porque en sus relatos toman protagonismo «torpes héroes que se entregan a estúpidas o trágicas cruzadas, como el escritor heroico enfrentado siempre a su propia torpeza, a sí mismo».

     Dice Martín Hidalgo, filósofo de profesión, que él siente ser infiel a la filosofía con la literatura. Frente al ejercicio de la razón y el ámbito conceptual y de las ideas en los que se desenvuelve la filosofía, prefiere en su tiempo libre dedicarse a la escritura, porque como él concluye, «con la literatura se llega a lugares donde no llega la razón y donde se pueden proyectar aspiraciones y frustraciones».

No deseo conocer por qué escribo. Me limito a ejercer mi íntimo derecho a no querer saber, como cuando aparentamos la mirada o sale nuestro número en la ruleta. Es la misma razón por la que nunca he preguntado a un mago por sus trucos (pág.171).

     Martín Hidalgo toma impulso para la elaboración de sus libros de un hilo con dos hebras tan emparejadas que identificamos como única: héroe y destino.

     Al comienzo de su libro hay una referencia literaria, tomada de Ernesto Sábato, que fundamenta su decisión de escribir con personajes heroicos.

El hombre de hoy vive a alta presión, ante el peligro de la aniquilación y la muerte, de la tortura y la soledad. Es un hombre de situaciones extremas, ha llegado o está frente a los límites últimos de su existencia. La literatura que lo describe o indaga no puede ser, pues, sino una literatura de situaciones excepcionales. (pág. 11).

     El héroe es el producto de una necesidad humana, porque el ser humano necesita crear héroes. Martín Hidalgo imagina personajes para sus relatos como héroes a la manera de las antiguas tragedias y narraciones griegas; «hombres y mujeres atrapados en su propia Moira, singulares y únicos». Aunque, y su aportación es genuina, son héroes que no realizan grandes hazañas ni son loables por su perfección. Entiende Martín Hidalgo que el héroe pocas veces se hace a sí mismo, sino que es la sociedad quien lo convierte en héroe. «Héroe podemos ser todos, porque en nuestra actitud ante la vida hay algo ciertamente heroico».

     La segunda hebra del hilo conductor es el destino. Martín Hidalgo apela a que toda forma de la literatura crea un destino. De ahí su consecuente decisión que La torpeza del héroe sea «una colección de relatos de ficción de muy variadas naturalezas, extensión, temática o cronología, aunque todos ellos cosidos con un mismo hilo, traspasado por una constante: el destino. Los héroes de sus relatos son presos de un destino inexorable del que es imposible zafarse».

     A los sustentos filosóficos y literarios de su propia creación, añade Martin Hidalgo, la originalidad de personajes y situaciones que jalonan sus relatos. El escritor gaditano gusta de la contraposición, del contraste en el límite del oxímoron. De ahí que en lugar del destino glorioso previsto en nuestra mente para los héroes, el de sus personajes sea casi siempre ridículo, triste o esperpéntico. Los títulos adelantan esa actitud hacia lo contradictorio, comenzando por el del propio libro; entre los títulos de los relatos, Victoria condenada, El mimo inquieto, El ignorante autodidacta, persisten en esa idea de adelantar con el título su personal visión sobre los héroes. Pero es en el primer párrafo de El ignorante autodidacta donde confluyen explícitamente todos los elementos relatados que dan carácter al libro:

La relación de Markus Freimann con el conocimiento fue como la de cualquier hombre respecto al útero materno, un lento y tortuoso distanciamiento, una separación final. No pudo ser nada, salvo el destino, lo que hizo que Markus tuviera aquella vida tan propia, tan única; esos extravagantes deslices de la Providencia. Y quizás lo más inverosímil de todo, quizás lo más heroico, es que él nunca fue consciente de su insólita singularidad. Eso hubiera requerido cierta reflexión, algo de pensamiento, ocupaciones que Markus, desde bien temprano, había evitado en la medida de lo posible. Redujo el raciocinio a sus mínimas necesidades, solo lo estrictamente requerido por una sencilla y finalmente esperpéntica existencia. Alrededor de los once años, Markus Freimann decidió no volver a aprender nada. (pág. 131)

     Una de las características del libro es que pocas veces sitúa la acción en territorio propio, -ni en Cádiz donde vive, ni siquiera en España-, sino que las narraciones están enmarcadas por la pluralidad geográfica que emana de las vivencias personales del autor, como en el delicioso y romántico relato El abrigo que ubica en Edimburgo. En general son territorios urbanos, imprecisos e indeterminados en muchos casos. Es la visión de un joven urbanita, sensible y juicioso, que aprehende de un paisaje de perfil cosmopolita lo que precisa para el decir de las personas y de sus héroes, porque Martín Hidalgo aquilata los elementos de ubicación, tanto como las palabras para conectar al lector con la situación. Tomemos como ejemplo el vigoroso trazo de inicio en Paz se levantó tarde:

Paz se levantó tarde, un calcetín al revés, el pelo enredado (pág 139).

     Una frase con elipsis significativas que adelanta al lector hacia el descubrimiento de las razones de una noche diferente a las demás. Aunque el lector degustará de otras sentencias de auténtica clase como «Los fotógrafos somos asesinos del tiempo, aplicados taxidermistas», o, «La memoria es muchas veces una arqueóloga tramposa» con las que cincela el marco de sus virtudes como escritor de oficio y altura, deudoras en cierto modo de sus maestros, como el gran Borges a quien rinde homenaje en el relato Nudo borgiano.

     Los lectores apreciarán sin duda la fuerza de la tragedia descrita en el primer relato, Victoria derrotada, que constituye uno de los más impactantes en el recorrido emocional por el que nos conduce el escritor gaditano. Hay que señalar la variedad de registros emocionales que pulsa en la escritura de La torpeza del héroe. En un extremo, la candidez y simpleza que perfila con un relato en el límite del cuento infantil Alba al alba ¿una nana infantil?:

Alba no tenía padres. Su abuelo Bruno la encontró un día de primavera mientras ella se concentraba en el olor de un jazmín. Bruno nunca había tenido hijos, pero como era ya muy viejo y ella una niña pequeña, decidió ser su abuelo (pág. 67).

     En el otro extremo, el tono poético, intimista y apasionado de un dúo de relatos que comienza en Ya no escribiré más tu nombre (I):

Porque te vas, sí, te vas, para volver seguramente, pero dejando atrás ese helado aliento, esa siempre última vez, como una estancia de parálisis, de espeso silencio. Eso dejas cada mañana atrás, un rastro de olor apagado en las sábanas, un rostro repetido en los espejos. Y la luz entrará entonces como un milagro de cristales convexos, iluminando tu ausencia, multiplicando tus pisadas. Volverás, o no (pág 71).

que incrementa aún más su lirismo en su continuación, Te pierdo (II) –:

Te pierdo en el parpadeo, en los bostezos. Cuando me desperezo te estoy echando de mí, deshaciéndome de tu último abrazo (pág 73).

(avanzo que remata el relato-poema bipartito con un párrafo de antología amorosa).

     Son relatos estos ubicados en la parte central del libro, donde renuncia voluntariamente a mantener la tensión del relato con historias sorprendentes, como si tomara un necesario reposo en el divagar de sus héroes por las páginas del libro, por el que transitan personajes tan peregrinos como el contable enamorado de una máquina (en Al fin una historia de amor), o te sumerge en la extraña belleza de un excelente Thrill is gone y donde bucea en fuentes del realismo sucio, con la voz en primera persona y la música de jazz como telón de fondo. En ese recorrido emocional, sus relatos se perfilan como una continua reflexión sobre la condición humana, en ocasiones a través de héroes trastornados como Santos Ragel, en Ídola Morbus:

Santos Ragel descubrió desde bien pequeño el placer de generar rumores (…) A los rumores les ocurre lo mismo que a las bombas, no es tanto el explosivo en sí, sino su onda expansiva. Santos aspiraba a ser el hombre invisible que lanzara la granada, el sujeto omitido de esas frases que siempre le costaron en clases de sintaxis. (pág. 23)

o como Félix, en Félix se dejó morir donde relata la absurda “extinción” motivada por absurdas creencias llevadas a extremo.

Su letal elección no había sido por generación espontánea, sino la última detonación tras un largo proceso de ingenuas creencias y homicidas contradicciones. Quizás todo comenzó con la objeción de conciencia y las marchas contra la incineradora. Tal vez en la acampada por el 0.7% o en aquel idolatrado viaje a la India (pág. 144)

     Un detalle de la vigilante actitud y crítica del joven autor ante las incongruencias y sinsentidos de fenómenos que afectan a nuestras vidas. Esa mirada crítica afecta al mundo del trabajo y las empresas -hay diversos apuntes en todo el libro-, pero es en La certificación donde el relato pone a los empresarios en el centro primario de su mirada entre burlas y veras. La actitud crítica de Martín Hidalgo también observa fenómenos como el auge de las redes sociales y los convierte en un curioso relato, Román Cienfuegos poet@ virtu@l, donde lanza dardos en muchas direcciones.

     Hay tantas lecturas de un libro como sus lectores y probablemente coincidan conmigo en situar determinados relatos en el ápice de gozo literario -algunos de ellos se han citado ya-, pero no le van a la zaga en hondura literaria y humana otros relatos – Ojalá nos trataran como animales, Coco perdió la cabeza, Triste destino el de Marcel- donde el lector se confortará sin duda con la escritura de Martín Hidalgo.

     Él percibe que el destino de su escritura no es precisamente la publicación, así lo afirma, pero se agradece el descubrimiento de su prosa a través de su primer libro publicado, en el que vierte pasión literaria y profundidad filosófica.

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